Querida suegra, hazme un favor: llévate a tu querido hijo y sal de mi departamento.
Querida suegra, hazme un favor: llévate a tu querido hijo y sal de mi departamento.
Fue la noche en que mi mundo se derrumbó y decidí que ya no sería víctima.
Yo era Elena. Y hasta esa noche, creía ser una mujer fuerte.
Construí mi vida con el mismo cuidado con el que lijaba y restauraba los muebles antiguos que encontraba en el mercado de pulgas La Lagunilla, en el centro de la Ciudad de México.
Cada capa de barniz, cada elección de color, era una decisión consciente.
Mi departamento en la colonia Roma Sur no era solo un conjunto de habitaciones; era mi santuario, mi taller, el mapa de mi alma.

Y entonces, una tarde de martes, Javier, mi esposo, entró por la puerta y, sin mirarme a los ojos, soltó la bomba:
—Elena, por favor, no hagamos un escándalo.
Yo estaba de espaldas, en la cocina, lavando los platos de la cena que había preparado para dos, pero que, como tantas veces, terminé comiendo sola.
El olor a ajo y chile guajillo todavía flotaba en el aire, como un fantasma de una noche que nunca llegó.
—No pensaba hacer un escándalo —respondí, con la voz más fría de lo que pretendía—. ¿Qué pasa esta vez? ¿Otro primo perdido se viene a vivir con nosotros? ¿O vamos a rentar el cuarto “para ayudar con los gastos”?
Javier suspiró. Ese suspiro largo y cansado que siempre soltaba cuando yo no cedía a sus caprichos. El suspiro que me hacía sentir una simple empleada malhumorada, no su esposa.
Fue directo al refrigerador, sacó una cerveza y la abrió con un silbido que llenó el silencio.
—Mamá viene a quedarse unos días. Temporalmente. Dos semanas.
Cerré la llave del agua. El goteo fue el único sonido por unos segundos. Coloqué el plato con cuidado en el escurridor y me volví lentamente, secándome las manos en el delantal.
—¿Dos semanas? —repetí, saboreando la mentira—. ¿Como la última vez? Esa “visita rápida” que duró tres meses y casi nos cuesta el matrimonio. ¿O como la anterior, cuando olvidaste que tenías esposa porque estabas muy ocupado siendo “un buen hijo”?
—Están arreglando su casa, Elena. Es un desastre. Polvo, albañiles, ruido por todas partes. Ya sabes cómo es.
—Sí, Javier, lo sé. Lo que no entiendo es por qué cada vez que tu madre tiene un problema, mi vida tiene que ponerse de cabeza. Yo tenía una vida. Tenía un departamento. Ahora tengo una supervisora con mandil diciéndome cómo vivir.
Él se encogió de hombros, dando un trago largo a su cerveza, como si todo estuviera decidido.
—Se quedará en el estudio. Vamos a reorganizar un poco las cosas para que esté cómoda.
Sentí una punzada física en el pecho. El estudio.
No “el cuarto de visitas”. Mi estudio.
No era solo un cuarto. Era mi territorio. Donde mis bocetos cobraban vida. Mi escritorio —ese que cargamos juntos hasta el tercer piso cuando lo compramos en una bodega de la colonia Doctores—. Ese que lijé hasta dejarme las manos en carne viva y pinté en un verde grisáceo que me recordaba el mar de Ensenada en invierno.
Mis libros de arte, mis cerámicas, mis fotografías. Mi único rincón donde podía respirar sin sentirme vigilada.
—Ese es mi cuarto, Javier. Mío. Me prometiste que nadie lo tocaría.
Él puso la cerveza sobre la barra. Su gesto pretendía ser conciliador, pero sus ojos estaban vacíos.
—Elena, eres una mujer adulta. No seas tan… caprichosa. Es solo por un tiempo.
Solté una risa corta y amarga.
—Solo lo que no está roto puede volver a la normalidad. Y tú rompes todo, Javier. En silencio, metódicamente. Siempre, a mis espaldas.
Retrocedió, ofendido.
—Es solo un cuarto. Son solo muebles. No exageres.
Di un paso hacia él, hasta que la luz de la cocina se reflejó en sus pupilas.
—No es solo un cuarto. Es mi espacio. Y lo entregaste otra vez sin preguntarme.
Dos días después, llegó Doña Carmen.
No vino sola. Trajo dos maletas enormes, varias bolsas de tela llenas de tuppers (cuyo contenido fácilmente duplicaba el de mi refrigerador), un arsenal de productos de limpieza “de los buenos” y una expresión que decía: “Sé que no me quieres aquí, pero vengo a salvarte de ti misma.”
Javier, como siempre, se desvivía por complacerla, corriendo de un lado a otro con las maletas, riéndose de chistes que no daban gracia.
Yo lo observaba desde la puerta de la cocina, con una taza vacía en las manos, viendo cómo mi santuario se convertía, maleta por maleta, en un almacén doméstico.
—Ay, Elenita, mira nada más cuánto polvo hay aquí —fue lo primero que dijo, quince minutos después de entrar—. Pensé que mantenías esto impecable.
—Y yo pensé que todavía no te habías mudado —respondí con más ironía de la que planeaba.
Javier me lanzó una mirada de advertencia. La ignoré.
En menos de una hora, las cosas de Doña Carmen ya no estaban solo en el estudio. Había una enorme neceser en el baño. Sus pantuflas, más grandes que las mías, junto a la puerta. Sus libros de cocina desplazaron mis libros de fotografía.
Esa noche, cuando por fin quedamos solos, traté de hablar con él.
—Podrías haberme avisado —dije mientras me cepillaba el cabello—. Podrías haberlo hablado conmigo.
Él, claro, estaba pegado al celular.
—Ya sabías. No es para tanto. Vamos a sobrevivir.
“Vamos a sobrevivir.” Sonaba en plural, pero solo yo cargaba el peso.
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia.
Comentarios sobre mi café (“Está muy flojito, Elenita, al Javier le gusta fuerte, como el mío”).
Reorganizaciones sin permiso (“Te hice un espacio, querida, eso no lo usabas”).
Y por las noches, conversaciones entre ellos, en voz baja, sobre cómo “yo no sabía ser esposa”.
Resistí.
Hasta que un día, crucé la línea del estudio… y lo perdí todo.
Entré y no lo reconocí. Mi escritorio, ahora su mesa de costura. Mis bocetos, en el suelo. Mis fotos, sustituidas por figuras de Talavera y retratos de la Primera Comunión de Javier.
—Doña Carmen —dije con voz de acero—. ¿Se acuerda que esta no es su casa?
Ella levantó la vista, ofendida.
—Y tú, Elenita, ¿crees que una familia debe vivir separada? ¿O solo quieres estar sola, como una gata amargada?
—Quiero vivir donde nadie toque mis cosas. Donde mis libros no desaparezcan. Donde mi trabajo no sea basura para otros.
Ella bufó.
—Eres difícil, muchacha. Vas a terminar sola. ¿Y qué harás entonces? ¿Dibujarás tus sentimientos?
—Mejor sola que rodeada de gente que confunde amor con control.
Y salí de ahí.
Horas después, al volver del trabajo, lo vi: tres bolsas negras gigantes frente a mi puerta.
Dentro, mis cuadernos. Mis bocetos. Mi trabajo de cinco años.
Rasgados. Manchados. Perdidos.
Entré a la cocina. Ella, como si nada, removía una olla.
—Hice pozole para ti. El Javier lo ama.
Me acerqué. Con calma.
—Doña Carmen. Mañana no estará aquí. Ni pasado. Ni nunca más.
Ella se volvió.
—¿Qué? ¿Estás loca?
—Querida suegra —le dije, con voz clara—, haga un favor: llévese a su querido hijo y salga de mi departamento. Regrese a su casa.
—¡Yo soy la madre de tu esposo!
—Y este departamento está a mi nombre. Así que, adiós.
Salí de la cocina, tomé mi maleta y comencé a empacar mis cosas.
Cuando Javier llegó, su madre lloraba y yo cerraba el cierre de la maleta.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
—Pregúntale a ella —le dije—. Tiró mi trabajo. Mis cuadernos. Mi vida.
Doña Carmen gritó desde la sala:
—¡Eran papeles viejos, hijo! ¡Dibujitos feos!
Vi la duda en su cara. Vi cómo su lealtad se inclinaba, por costumbre, hacia ella.
—Elena, por favor, cálmate. Mamá no quiso hacerte daño.
—No, Javier. Esta vez no. Esta vez no vas a arreglar nada.
Lo miré directamente.
—Tienes 48 horas. Elige. Ella o yo. Si sigue aquí cuando vuelva, sabré cuál fue tu decisión.
Cerré la puerta. Y por primera vez en mucho tiempo… respiré.
Una semana después, regresé.
No había maletas.
No había rastro de ella.
Javier estaba sentado en el suelo, rodeado de mis dibujos, tratando de alisar las hojas arrugadas.
Alzó la vista. Tenía los ojos rojos.
—La saqué de aquí —me dijo—. Le dije que esta es nuestra casa. Y que no entrará de nuevo sin tu permiso.
—¿Y qué te respondió?
—Que soy un mal hijo. Que me hechizaste. Pero le dije que prefiero ser mal hijo a mal esposo. Que te elijo a ti, Elena. Siempre.
Sus lágrimas cayeron sobre una hoja manchada.
Me acerqué.
Tomé el papel.
Estaba rasgado, pero la línea aún seguía ahí.
—No sé si puedo recuperar esto —susurré.
—Yo lo sé —respondió—. Pero te juro que voy a pasar el resto de mi vida tratando de reparar lo que rompí.
Y lo hizo.
Meses de terapia. De silencio. De reconstrucción.
Doña Carmen tardó seis meses en hablarnos otra vez. Dijo solo: “Feliz Navidad.”
Y un año después, en una tarde tibia de primavera, el sol entraba por la ventana de mi nuevo estudio.
Javier llegó con dos copas de vino. Se sentó en el suelo, observándome dibujar.
Sonreí. Él también.
Había perdido mis cuadernos.
Pero había recuperado algo más valioso: mi voz, mi espacio… y, contra todo pronóstico, mi hogar.