Le Dio de Comer al Nahual Durante 40 Años, Luego Descubrió Por Qué Nos Teme…

Nunca pensé que alimentar al mismo ser durante casi 40 años iba a revelarme una verdad capaz de estremecer mis entrañas, porque lo que ese nahual me confesó explica por qué su especie nos teme y por qué quizá tiene razón. La primera vez que lo vi fue una tarde de octubre de 1984. El aire olía a tierra mojada y a mil seca. Las montañas de San José del Pacífico se perdían entre neblinas espesas que parecían devorar todo sonido.

Yo tenía apenas 28 años y llevaba poco tiempo de haberme casado con remedios, mi mujer. Nos habíamos establecido en una pequeña parcela a las afueras del pueblo, en la sierra de Oaxaca, donde intentábamos levantar nuestra primera milpa y construir una vida juntos. Mi nombre es Evaristo Mendoza. Hoy tengo 73 años, pero mi memoria conserva intactos los recuerdos de aquellos días, como si el tiempo no hubiera pasado. Durante la mayor parte de mi vida fui caporal de monte, cuidando sembradíos, vigilando caminos forestales y guardando historias que la gente prefiere no mencionar en voz alta.

 

Los abuelos del pueblo siempre decían que hay verdades que deben susurrarse, no por miedo, sino por respeto a lo que habita entre las sombras. Aquella mañana de 1984 salí temprano a revisar los límites de mi terreno. Remedios me había preparado unas gorditas de frijol con queso y un termo de café de olla que llevaba en mi morral junto con mi machete y una lámpara de petróleo. El cielo estaba cubierto por nubes densas que amenazaban con una tormenta.

Pero eso no era inusual en esa época del año. Al llegar al lindero norte, donde nuestro terreno se encontraba con el bosque espeso, noté algo extraño. El pequeño depósito donde guardábamos parte del grano para la siembra estaba destrozado. No parecía obra de algún animal común. Las tablas estaban arrancadas como si alguien con una fuerza descomunal las hubiera separado usando sus propias manos. Los costales de maíz estaban rasgados y parte del grano se había derramado formando un camino irregular.

hacia el interior del bosque. Me agaché para examinar las huellas en el suelo húmedo. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando las vi con claridad. No eran de Puma, ni de coyote, ni de ningún otro animal que conociera. Eran huellas humanas, pero enormes, mucho más grandes que las de cualquier hombre que hubiera visto jamás. Y había algo más en ellas. Se hundían profundamente en la tierra, como si quien las hubiera dejado pesara el doble o triple que una persona normal.

Los viejos del pueblo contaban historias sobre los nahuales desde que yo era niño. Decían que eran personas con el don ancestral de transformarse en animales, guardianes de un conocimiento antiguo que se remontaba a tiempos anteriores a la llegada de los españoles. Algunos hablaban de ellos con temor, otros con reverencia. Mi abuelo solía decir que los nahuales no eran buenos ni malos, simplemente existían en un plano diferente al nuestro, moviéndose entre dos mundos. “Son como nosotros”, decía, pero con un pie en el reino de los espíritus y otro en la tierra.

Nunca había prestado demasiada atención a esas historias. las consideraba parte del folklore, leyendas que servían para explicar lo inexplicable o para mantener a los niños lejos del bosque en las noches. Pero ahora, frente a aquellas huellas, las palabras de mi abuelo resonaban en mi cabeza con una claridad inquietante. Seguí el rastro de grano derramado durante unos 50 m hacia el interior del bosque. La neblina se hacía más densa con cada paso y los sonidos del bosque parecían apagarse, como si la naturaleza misma contuviera la respiración.

Me detuve junto a un árbol centenario cuando escuché un sonido grave, profundo, casi como un tambor apagado que reverberaba entre la bruma. Fue entonces cuando lo vi por primera vez. Entre los troncos de los árboles y la maleza, una figura se movía con cautela. Era alta, mucho más alta que yo, y delgada, con brazos largos y piernas fuertes. Su piel era oscura, no del color moreno de la nuestra, sino de un tono que recordaba a la corteza húmeda de los árboles, con texturas que parecían cambiar según la luz que se filtraba entre las ramas.

 

Su cabeza tenía forma humana, pero había algo felino en la manera en que se movía, en la agilidad de sus gestos. Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí que el tiempo se detenía. Sus ojos brillaban como brasas, con una intensidad que me paralizó. No había agresividad en ellos, sino algo más profundo, curiosidad, inteligencia y quizás un atisbo de reconocimiento. Por un instante eterno nos observamos mutuamente, inmóviles como dos seres de mundos diferentes tratando de comprender la naturaleza del otro.

No rugió, no atacó, no mostró sus dientes, simplemente me observó estudiándome como si intentara determinar si yo representaba una amenaza. Por puro instinto metí la mano en mi morral y saqué una de las gorditas de frijol que remedios me había preparado. Con movimientos lentos me agaché y la dejé sobre una piedra plana, retrocediendo unos pasos después. El ser se mantuvo alerta tensando levemente su cuerpo, pero sin mostrar signos de querer atacar. “Para ti”, dije en voz baja, señalando la gordita, “es comida.

No esperaba que entendiera mis palabras, pero quería que captara mi intención. El nahual, porque ahora estaba seguro de que eso era, inclinó ligeramente la cabeza como si procesara mi gesto. Luego, con un movimiento casi imperceptible, retrocedió hacia la densa vegetación y desapareció entre las sombras. Me quedé allí unos minutos más, inmóvil, con el corazón latiendo aceleradamente. Parte de mí quería salir corriendo, volver a casa y contarle a remedios lo que había visto. Otra parte, la que había crecido escuchando las historias de mi abuelo, entendía que acababa de presenciar algo sagrado, algo que pocos tenían el privilegio de ver.

Finalmente decidí regresar a casa. Antes de irme, miré hacia la piedra donde había dejado la gordita. Ya no estaba allí. Esa noche no pude dormir. Las imágenes de mi encuentro con el nahual danzaban en mi mente como fragmentos de un sueño, remedios. Notó mi inquietud y me preguntó qué me preocupaba. No tuve el valor de contarle la verdad, en parte porque temía que no me creyera y en parte porque sentía que lo ocurrido en el bosque era algo personal, un secreto entre el ser de los ojos brillantes y yo.

Solo estoy cansado le dije besando su frente. Mañana será otro día. A la mañana siguiente regresé al mismo lugar. No sabía exactamente por qué lo hacía, pero algo dentro de mí me impulsaba a volver. Esta vez llevé tres gorditas envueltas en hojas de maíz y una pequeña calabaza llena de atole. Las dejé sobre la misma piedra plana y me retiré, sentándome a unos 20 m de distancia, parcialmente oculto entre la vegetación. Esperé casi dos horas. Cuando estaba a punto de darme por vencido, un movimiento entre los árboles captó mi atención.

Era él, el nahual, acercándose con cautela hacia la ofrenda. se detuvo varias veces olfateando el aire, asegurándose de que no hubiera peligro. Finalmente llegó hasta la piedra y tomó una de las gorditas. La olió detalladamente antes de llevársela a la boca. Mientras lo observaba comer, pude apreciarlo mejor. Su altura sobrepasaba los 2 met. Su cuerpo, aunque delgado, mostraba músculos fibrosos bajo la piel oscura. Sus manos eran grandes, con dedos largos que terminaban en algo parecido a garras, pero que manejaba con una delicadeza sorprendente.

No vestía ropa como nosotros, pero su cuerpo parecía cubierto por una especie de pelaje muy corto que brillaba con tonos rojizos bajo la escasa luz que se filtraba entre las nubes. Lo más impresionante eran sus ojos. Desde mi escondite podía ver claramente el color ámbar dorado que brillaba con inteligencia. Eran ojos antiguos, ojos que habían visto cosas que yo ni siquiera podía imaginar. El nahual consumió toda la comida con movimientos precisos y elegantes. Después hizo algo que me sorprendió.

Recogió las hojas de maíz y la calabaza vacía y las acomodó cuidadosamente sobre la piedra. Luego tomó algo del suelo, una piña de pino perfectamente formada y la colocó junto a los recipientes vacíos. Un intercambio, un agradecimiento. Antes de marcharse, el nahual giró su cabeza en mi dirección. Por un instante aterrador, pensé que me había descubierto. Sus ojos parecieron mirar directamente hacia mi escondite y una leve inclinación de su cabeza me hizo contener la respiración. Luego, tan silenciosamente como había llegado, desapareció entre la espesura del bosque.

Cuando estuve seguro de que se había ido, me acerqué a la piedra y tomé la piña, que era perfecta, sin una sola imperfección, como si hubiera sido seleccionada con un propósito específico. La guardé en mi morral como un tesoro. Esa noche, mientras Remedios dormía, saqué la piña y la examiné bajo la luz tenue de una vela. No parecía tener nada de especial y sin embargo sentía que significaba algo importante. Decidí guardarla en una pequeña caja de madera que tenía junto a nuestra cama.

¿Qué guardas ahí con tanto cuidado?, me preguntó remedios al día siguiente, notando la caja. Un amuleto. Respondí. Para la buena suerte. Y de alguna manera eso es exactamente lo que era. Durante las semanas siguientes establecí una rutina. Tres veces por semana, los lunes, miércoles y viernes, iba al mismo lugar en el bosque y dejaba comida, gorditas, frutas, pedazos de carne seca, a veces simplemente maíz tostado con sal. Y siempre, al volver al día siguiente encontraba la comida consumida y algo dejado en su lugar.

Piedras dispuestas en círculos perfectos, plumas de guajolote colocadas en patrones intrincados, espigas de maíz perfectamente descascaradas o ramas de pirul dobladas de formas que parecían transmitir mensajes que yo no podía descifrar. Remedios comenzó a notar mis salidas regulares al bosque, pero nunca me cuestionó directamente. Quizás intuía que había algo especial en esas excursiones, algo que yo necesitaba mantener para mí mismo. O tal vez simplemente respetaba mi espacio, como yo respetaba el suyo cuando pasaba horas tejiendo o hablando con su madre en el pueblo.

Con el tiempo, el nahual comenzó a aparecer cuando yo llegaba con la comida. Al principio se mantenía a distancia observándome desde las sombras. Gradualmente comenzó a acercarse más hasta que un día, después de casi 6 meses de nuestro primer encuentro, se sentó a unos 5 metros de mí mientras yo dejaba las ofrendas. Fue la primera vez que pude realmente apreciarlo en toda su magnificencia. Era, sin duda, el ser más extraordinario que había visto jamás. Su forma era humanoide, pero había elementos de jaguar en la textura de su piel, en la forma de sus ojos, en la agilidad de sus movimientos.

Su rostro tenía rasgos indígenas mezclados con algo felino, pómulos altos, nariz ancha, mandíbula fuerte, y había algo profundamente sabio en su mirada, algo antiguo y triste a la vez. ¿Tienes nombre?, le pregunté un día, sabiendo que probablemente no me entendería. Yo soy Evaristo. El nahual ladeó la cabeza estudiándome con esos ojos brillantes. Emitió un sonido bajo, algo entre un gruñido y un murmullo que sonaba vagamente como, “Tacho.” “¿Tacho?”, repetí intentando imitar el sonido. “¿Así te llamas, Tacho?” El nahual no respondió, pero algo en su postura, en la forma en que me observaba, me hizo pensar que no le molestaba ese nombre.

Desde ese día comencé a llamarlo así en mis pensamientos, aunque nunca lo decía en voz alta frente a otras personas. El tiempo pasó, las estaciones cambiaron, Mimilpa creció y con ella nuestra pequeña casa. Remedios dio a luz a nuestro primer hijo, un niño al que llamamos Miguel. La vida seguía su curso normal en el pueblo, pero en el bosque mis encuentros con Tacho se convirtieron en una constante, un ancla que me conectaba con algo más grande que yo mismo.

Nunca le hablé a nadie sobre él, ni siquiera a remedios, aunque a veces sospecho que ella sabía más de lo que aparentaba. Una tarde, después de uno de mis encuentros con Tacho, regresé a casa para encontrarla tejiendo un petate nuevo. Los del monte necesitan ofrendas. dijo sin levantar la vista de su trabajo. Es bueno respetar a los que viven entre los árboles. No pregunté a qué se refería y ella no dijo más. Pero desde ese día, cuando preparaba las gorditas o el atole que yo llevaría al bosque, ponía especial cuidado en hacerlos sabrosos, como si supiera exactamente para quién eran.

En 1991, 7 años después de nuestro primer encuentro, Tacho apareció acompañado. Detrás de él, parcialmente oculto entre la vegetación, se asomaba un segundo nahual, más pequeño, de pelaje rojizo y movimientos más gráciles. Una hembra. La primera vez que la vi se mantuvo a distancia, observándome con evidente desconfianza. Tacho, por su parte, parecía querer presentarnos haciendo gestos para que ella se acercara mientras me señalaba con un movimiento de su cabeza. La Nahual hembra, a quien nunca le puse nombre, tardó semanas en acercarse lo suficiente para tomar comida directamente de mi mano.

Era más cautelosa que Tacho, más reservada, pero había una elegancia en ella, una delicadeza en sus movimientos que contrastaba con la fuerza bruta de su compañero. Entendí entonces que Tacho me estaba presentando a su familia. Me estaba mostrando que confiaba en mí lo suficiente como para revelarme lo más preciado que tenía. Fue un honor que nunca esperé recibir. Los años siguientes trajeron cambios a nuestras vidas. Miguel creció fuerte y sano y pronto tuvo dos hermanas, Luisa y Carmen.

Nuestra casa se amplió para acomodar a la familia en crecimiento. Me convertí oficialmente en Caporal del Monte, encargado de vigilar las tierras comunales y mediar en disputas sobre linderos. La gente del pueblo me respetaba y confiaba en mí para resolver problemas. Y todo ese tiempo seguí alimentando a Tacho y a su compañera tres veces por semana sin fallar una sola vez. Ellos, a su vez comenzaron a dejarme señales en el bosque, marcas en los árboles que me advertían de tormentas inminentes, rastros que me guiaban hacia colmenas de miel silvestre, huellas que me alertaban sobre la presencia de cazadores furtivos en las tierras comunales.

Nuestra relación evolucionó más allá del simple intercambio de comida. se convirtió en una especie de alianza silenciosa, un pacto entre dos seres de mundos diferentes que habían encontrado un terreno común en el respeto mutuo. “La gente dice que hay menos nahuales cada año.” Le comenté una tarde a mi abuelo mientras compartíamos un mezcal bajo el portal de su casa. Tenía curiosidad por saber qué pensaba él, que conocía las antiguas historias mejor que nadie. Los tiempos cambian respondió mirando hacia las montañas con ojos nublados por la edad.

Los bosques se reducen, los caminos se ensanchan, las máquinas rugen donde antes solo se escuchaba el viento. ¿Dónde pueden esconderse los guardianes cuando no quedan sombras? ¿Crees que algún día desaparezcan por completo? pregunté sintiendo una inexplicable tristeza ante la idea. Mi abuelo bebió un sorbo de mezcal antes de responder. Nada desaparece por completo, hijo. Solo cambia de forma como ellos mismos. Sus palabras me acompañaron durante días mientras observaba los cambios en nuestro pueblo. Nuevas carreteras, más casas, menos árboles.

El mundo avanzaba y con cada paso del progreso, los espacios salvajes, los espacios donde seres como Tacho podían existir libremente se reducían. Una tarde de 1997, Tacho hizo algo inusual. En lugar de simplemente tomar la comida que le ofrecía, me hizo señas para que lo siguiera. Nunca antes me había invitado a adentrarme más en su territorio y la idea me producía tanto emoción como temor. ¿Quieres que vaya contigo?, pregunté señalando el sendero apenas visible que se internaba en la parte más densa del bosque.

Tacho asintió, un gesto tan humano que siempre me sorprendía verlo en él. Su compañera no estaba ese día, lo que me pareció extraño, pero no cuestioné su ausencia. Seguí atacho por senderos que nunca había recorrido, a pesar de mis años como caporal. Se movía con una gracia sobrenatural entre la vegetación densa, adaptando su paso para que yo pudiera seguirlo. A veces se detenía y esperaba pacientemente cuando me retrasaba. Otras veces me indicaba con gestos qué camino tomar.

Después de casi una hora de caminata, llegamos a un claro oculto entre formaciones rocosas. En el centro del claro había una abertura en la tierra, una cueva natural cuya entrada estaba parcialmente cubierta por enredaderas y musgo. Tacho se detuvo frente a la cueva y me miró como pidiendo permiso para mostrarme lo que había dentro. Asentí tragando saliva, preparándome para lo que fuera a revelarme. El interior de la cueva era sorprendentemente espacioso y, para mi asombro, mostraba señales claras de habitación.

Había un área con hojas secas y pieles que claramente servía como lecho. Contra una de las paredes se alineaban objetos cuidadosamente dispuestos, piedras talladas con símbolos que no reconocí, huesos pulidos hasta brillar, herramientas rudimentarias hechas con madera y piedra y varios de los objetos que yo mismo le había dejado como ofrendas a lo largo de los años. En el centro de la cueva, acostada sobre un lecho de hojas frescas, estaba la compañera de Tacho y junto a ella algo que hizo que mi corazón se detuviera por un instante, un pequeño bulto de pelaje dorado que se movía suavemente, un cachorro, un bebé nahual.

La hembra me observó con una mezcla de cautela y resignación. El pequeño, ajeno a mi presencia, se acurrucaba contra el cuerpo de su madre, buscando calor y protección. Tacho emitió un sonido suave, casi un murmullo mientras señalaba al cachorro y luego a mí. Entendí el mensaje. Me estaba mostrando a su hijo. Me estaba confiando el secreto más valioso que tenía. Me quedé inmóvil, sobrecogido por la magnitud de lo que estaba presenciando. Generaciones de habitantes de la sierra habían contado historias sobre los nahuales, pero dudaba que alguien hubiera tenido el privilegio de ver a una familia completa, de presenciar el milagro de su continuidad.

Gracias, susurré sintiendo que las palabras eran insuficientes para expresar lo que sentía. Gracias por confiar en mí. Tacho inclinó levemente la cabeza, aceptando mi gratitud. Luego, con delicadeza, tocó el tronco de un sabino que crecía cerca de la entrada de la cueva y después se golpeó suavemente el pecho. Este es mi hogar, interpreté. Yo existo aquí, repetí el gesto tocando el árbol y luego mi propio pecho. Era una promesa silenciosa, un juramento de protección mutua que trascendía las palabras.

En ese momento, mientras el sol comenzaba a ponerse sobre las montañas de Oaxaca, sellamos un pacto que nos uniría durante décadas. Un pacto basado no en el miedo o la dominación, sino en el reconocimiento de nuestra humanidad compartida, a pesar de nuestras evidentes diferencias. Yo, Evaristo Mendoza, un simple caporal de monte y él, Tacho, un nahual, un guardián de secretos antiguos que había decidido confiar en mí. Lo que no sabía entonces es que esa confianza sería puesta a prueba de maneras que nunca imaginé y que lo que Tacho eventualmente me revelaría cambiaría para siempre mi comprensión de su especie, de la nuestra y del delicado equilibrio que existe entre ambas.

Porque los nahuales no nos temen por ser más débiles, nos temen porque ya han probado de lo que los humanos somos capaces y quizás después de todo tienen razón en temernos. Los años que siguieron a mi descubrimiento de la cueva fueron tiempos de profundos aprendizajes. El cachorro de Tacho, a quien en secreto comencé a llamar lucero por el brillo dorado de su pelaje, creció con sorprendente rapidez. En apenas 3 años pasó de ser una criatura pequeña y vulnerable a convertirse en un joven nahual casi del tamaño de su madre, aunque todavía con la energía inquieta y curiosa propia de la juventud.

Mis visitas a la familia de Tacho se volvieron más frecuentes. Ya no solo dejaba comida en nuestro punto de encuentro habitual, sino que a veces me adentraba hasta la cueva, siempre respetando un ritual no acordado, pero igualmente importante. Anunciaba mi presencia desde lejos, haciendo ruido deliberadamente para no sorprenderlos, y esperaba a que Tacho saliera a mi encuentro antes de acercarme. Con el paso del tiempo, Tacho comenzó a mostrarme su mundo de maneras que nunca imaginé. Me guiaba por senderos ocultos de la sierra, revelándome lugares que ningún otro humano del pueblo conocía.

Pequeñas cascadas escondidas entre rocas milenarias, cuevas decoradas con pinturas antiguas, claros donde crecían plantas medicinales tan raras que ni los curanderos más viejos las habían visto jamás. Un día de 1999, mientras seguía a Tacho por un sendero particularmente escarpado, llegamos a lo que parecía ser un límite territorial. Tacho se detuvo abruptamente y me hizo señas para que guardara silencio. Luego, con movimientos precisos de sus manos, me indicó que me agachara y observara a través de un espacio entre las rocas.

Lo que vi me dejó sin aliento. En un valle pequeño y perfectamente circular, rodeado por pinos centenarios, había otros nahuales, tres adultos y dos jóvenes, todos con variaciones en el color y textura de sus pelajes, desde tonos oscuros, casi negros, hasta rojizos, como el de la compañera de Tacho. se movían con la misma gracia sobrenatural que caracterizaba a mi amigo, comunicándose a través de gestos y sonidos bajos que resonaban como tambores distantes. “Son más”, susurré, incapaz de contener mi asombro.

Pensé que ustedes eran los únicos. Tacho me miró con esa expresión indescifrable que a veces adoptaba, mezcla de sabiduría ancestral y algo parecido a la tristeza. Extendió su mano y mostró cuatro dedos. Luego hizo un amplio gesto circular que abarcaba las montañas circundantes. Después, lentamente bajó uno de sus dedos, dejando solo tres. Cuatro grupos. Interpreté. Había cuatro grupos y ahora quedan tres. Tacho asintió levemente, confirmando mi interpretación. Luego, con un movimiento firme, pero gentil, me indicó que era hora de retirarnos.

Comprendí que me había mostrado algo valioso, pero también peligroso de conocer, un secreto que debía proteger. Durante el camino de regreso, reflexioné sobre lo que acababa de ver. Los nahuales no eran criaturas solitarias, como siempre había creído según las leyendas. Tenían estructura social, familias, territorios. eran como nosotros en muchos aspectos, organizados en comunidades con sus propias normas y tradiciones, y sin embargo vivían completamente apartados del mundo humano, ocultos entre las sombras, observándonos desde la distancia. ¿Por qué este aislamiento?

¿Por qué tanto secreto? Las preguntas daban vueltas en mi cabeza mientras descendíamos hacia territorios más familiares. Esa noche, mientras cenaba con mi familia, observé a mis hijos con nuevos ojos. Miguel, ya con 15 años, mostraba el mismo carácter reservado y observador que yo tenía a su edad. Luisa, de 13 tenía la risa fácil y la inteligencia rápida de su madre. Carmen, la más pequeña con apenas 11, poseía una conexión especial con la naturaleza, siempre trayendo a casa plantas, piedras y pequeños tesoros que encontraba en sus paseos.

“Papá, ¿por qué nos miras así?”, preguntó Carmen, pillándome en mi contemplación silenciosa. “Porque son mi mayor tesoro”, respondí con sinceridad. “Porque hay cosas en este mundo que no entendemos, pero que debemos respetar. ¿Cómo qué?”, insistió ella con esa curiosidad insaciable que la caracterizaba. Intercambié una mirada con remedios antes de responder. Mi esposa, con su intuición habitual, pareció entender que algo importante había ocurrido durante mi salida al bosque. “Como los guardianes del monte”, respondí finalmente, “los que viven entre los árboles y cuidan de la tierra desde mucho antes que nosotros.

¿Los nahuales?”, preguntó Miguel súbitamente interesado. Los muchachos del pueblo dicen que son cuentos de viejos. No todo lo que no vemos deja de existir, intervino Remedios, sorprendiéndome con la profundidad de sus palabras. Puja. Hay verdades en esta sierra que solo se revelan a quienes saben mirar con respeto. La conversación derivó hacia otros temas, pero las palabras de remedios quedaron resonando en mi mente. Cuánto sabía ella realmente. Había notado mis ausencias prolongadas, el brillo en mis ojos cuando regresaba del bosque, los objetos extraños que a veces traía conmigo.

Nunca me había cuestionado directamente, pero ahora me preguntaba si de alguna manera ella compartía mi secreto sin necesidad de palabras. El año 2000 llegó con cambios significativos para nuestro pueblo. El gobierno instaló antenas de telefonía en las montañas cercanas. trazo planes para una carretera que conectaría San José del Pacífico con comunidades más alejadas y comenzaron a llegar más turistas atraídos por la belleza natural de la sierra y sus tradiciones. Con cada nuevo cambio, observaba como Tacho y su familia se replegaban más hacia el interior del bosque.

Las zonas donde solíamos encontrarnos fueron quedando cada vez más cerca de senderos transitados, lo que les obligaba a buscar refugio en áreas más remotas e inaccesibles. Una tarde de abril, mientras dejaba una canasta con frutas y tortillas en nuestro punto de encuentro habitual, escuché voces humanas aproximándose. Era un grupo de turistas guiados por uno de los jóvenes del pueblo. Rápidamente oculté la canasta entre la vegetación y adopté la postura de quien simplemente revisa el bosque por razones de trabajo.

“Don Evaristo, me saludó el guía. No esperaba encontrarlo tan adentro en el monte, revisando que no haya talas ilegales”, respondí con naturalidad. Últimamente hay mucho movimiento por estos rumbos. Les decía a estos visitantes sobre las leyendas de la sierra”, explicó el joven, “sobre los nahuales y los chaneques que según los abuelos habitan por aquí. Los turistas, la mayoría extranjeros con cámaras colgadas al cuello, me miraron con evidente interés. ¿Usted cree en esas historias, señor?”, preguntó uno de ellos en español entrecortado.

Sentí una tensión invisible en el aire, como si múltiples ojos nos observaran desde la espesura. Sabía que Tacho probablemente estaba cerca escuchando, evaluando el peligro potencial. “Creo que hay más misterios en estas montañas de los que jamás entenderemos”, respondí diplomáticamente. “Y que es mejor tratar a la naturaleza con respeto por si acaso.” El grupo continuó su camino, pero el encuentro me dejó inquieto. Los tiempos estaban cambiando y con ellos la seguridad del secreto que protegía a Tacho y los suyos.

Esa misma noche, cuando regresé al punto de encuentro para verificar siu había tomado la canasta, lo encontré esperándome. No estaba solo. Su compañera y Lucero lo acompañaban, los tres con una tensión evidente en sus posturas. “Lo siento por lo de hoy”, dije. Aunque no estaba seguro de que entendieran mis palabras. Cada vez viene más gente. Tacho hizo algo inusual, tomó un palo y comenzó a trazar líneas en la tierra húmeda. Primero dibujó lo que parecía ser el contorno de las montañas, luego añadió pequeñas marcas que interpreté como nuestro pueblo.

Con movimientos precisos trazó líneas que se extendían desde el pueblo hacia el interior del bosque, hacia los territorios que los nahuales consideraban suyos. Los humanos se expanden, interpreté. Entran en vuestro territorio. Tacho asintió y luego, con un movimiento brusco, borró parte de su dibujo y trazó un nuevo límite mucho más reducido. Después señaló a su compañera, a Lucero y, finalmente, a sí mismo. El mensaje era claro. Estaban siendo empujados hacia espacios cada vez más pequeños. Su mundo se reducía con cada nueva incursión humana.

Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría nuestras vidas. Señalé un área específica del dibujo, una sección de tierras altas donde la vegetación era particularmente densa y el terreno demasiado escarpado para resultar atractivo a turistas o madereros. “Esta parte me pertenece”, expliqué tocando mi pecho para enfatizar. Es tierra de mi familia. Puedo protegerla para ustedes. Era cierto. Aquellas hectáreas formaban parte de la herencia que mi padre me había dejado. Tierras que nunca había desarrollado por su difícil acceso.

Para la mayoría de la gente del pueblo no tenían valor, pero parao y su familia podían significar un refugio seguro. La compañera de Tacho emitió un sonido bajo, casi un ronroneo, y se acercó un paso hacia mí. Era la primera vez que mostraba tal nivel de confianza. Lo prometo dije mirando a los tres nahuales. Nadie los molestará allí. Esa noche, al regresar a casa, hablé con remedios sobre mi decisión de no permitir ningún tipo de desarrollo en nuestras tierras altas.

Le expliqué que quería preservarlas como estaban, como un legado natural para nuestros hijos y nietos. ¿Hay algo más, verdad?, preguntó ella con esa intuición que siempre me desarmaba, “¿Algo que has visto en el monte? Por un momento consideré contarle toda la verdad, hablarle de Tacho, de su familia, de los años de amistad silenciosa que habíamos construido. Pero algo me detuvo. No era miedo a que no me creyera, sino un extraño sentido de responsabilidad, como si el secreto no fuera mío para compartir, ni siquiera con la persona que más amaba en el mundo.

Hay cosas que es mejor proteger en silencio, respondí finalmente. ¿Me apoyas en esto? Remedios. Tomó mis manos entre las suyas y las apretó suavemente. Siempre lo he hecho, Evaristo, desde que empezaste a llevar comida al bosque tres veces por semana. La miré sorprendido. Ella sonrió con esa expresión que mezclaba ternura y sabiduría. “Las mujeres vemos más de lo que los hombres creen”, añadió. “Mi abuela también dejaba comida para los del monte. Decía que traía buena suerte a la familia.

No dijimos más esa noche, pero sentí que un peso se levantaba de mis hombros. Remedios. No necesitaba todos los detalles para entender lo esencial, que había algo sagrado en el bosque que merecía ser protegido. Durante los años siguientes mantuve mi promesa. Coloqué mojones y cercas en los límites de nuestras tierras altas, dejando claro que eran propiedad privada. Cuando el Ayuntamiento propuso extender caminos forestales en esa dirección, me opuse firmemente, argumentando riesgos de erosión y daño ambiental. Usé mi posición como caporal respetado para asegurar que aquella zona quedara intacta.

Itacho cumplió su parte. Él y su familia se establecieron permanentemente en esa área, creando nuevas cuevas refugio y senderos que solo ellos conocían. Con el tiempo, Lucero creció hasta convertirse en un nahual adulto, tan imponente como su padre, pero con el pelaje dorado que lo hacía único. En 2003, algo extraordinario ocurrió. Durante una de mis visitas regulares a la nueva morada de Tacho. Su compañera apareció cargando algo en sus brazos. Ya al principio pensé que sería comida o algún objeto, pero cuando se acercó lo suficiente, vi que era un bebé, un nuevo cachorro de Nahual.

pequeño y frágil, con un pelaje oscuro como el de Tacho, pero con manchas doradas como las de Lucero. Una nueva generación había nacido. A pesar de la presión sobre su hábitat, a pesar de los peligros crecientes, la familia de Tacho continuaba adaptándose y sobreviviendo. Me sentí profundamente conmovido. De alguna manera sentía que había contribuido a este pequeño milagro, que mis años de protección silenciosa habían ayudado a crear un espacio seguro donde la vida podía continuar su curso.

Es hermoso murmuré, manteniendo una distancia respetuosa mientras la madre acunaba a su cría. Gracias por mostrarme esto. La Nahual me miró fijamente con esos ojos ámbar tan parecidos a los de Tacho y por primera vez sentí que me comunicaba algo directamente, no con palabras, sino con una intención clara que traspasaba las barreras entre nuestras especies, confianza, gratitud y algo más profundo, algo que solo puedo describir como reconocimiento. reconocimiento de que a pesar de nuestras evidentes diferencias, compartíamos algo fundamental, el amor por nuestra familia y el deseo de protegerla.

Esa noche, al regresar a casa, observé a mis propios hijos, ya casi adultos, cenando alrededor de nuestra mesa. Miguel había comenzado a trabajar conmigo como aprendiz de Caporal, aprendiendo los secretos del monte, que algún día serían su responsabilidad. Luisa estudiaba enfermería en la ciudad, regresando los fines de semana con historias de un mundo que parecía cada vez más lejano de nuestra vida serrana. Carmen, siempre conectada con la naturaleza, había desarrollado un talento especial para la herbolaria, aprendiendo de las curanderas del pueblo remedios antiguos que muchos jóvenes ya olvidaban.

¿Por qué sonríes, papá?, preguntó Carmen, notando mi expresión contemplativa. Porque la vida continúa, respondí, de maneras que a veces no esperamos. En los años siguientes, mi relación con la familia de Tacho alcanzó un nivel de complicidad que nunca imaginé posible. Ya no era simplemente el humano que les llevaba comida. Me había convertido en algo así como un guardián, un aliado en un mundo cada vez más hostil para su especie. Tacho comenzó a mostrarme aspectos de su vida que, sospecho pocos humanos habían presenciado jamás.

Me guió hasta lo que llamé en mi mente el Tecutli, una cueva más grande y profunda que servía como lugar de reunión o santuario. En su interior, iluminado por la tenue luz que se filtraba a través de grietas en la roca, vi paredes decoradas con símbolos antiguos, algunos de ellos sorprendentemente similares a los glifos zapotecos y mixtecos que los arqueólogos estudiaban en las ruinas cercanas. En el centro de la cueva había una roca plana, pulida por el uso, rodeada de objetos cuidadosamente dispuestos, plumas, cristales, huesos tallados y lo que parecían ser herramientas de piedra tan antiguas que podrían datar de tiempos prehispánicos.

¿Es un lugar sagrado?, pregunté, manteniendo mi voz en un susurro respetuoso. Tacho asintió y luego que en un gesto que me sorprendió colocó su mano sobre mi hombro. Era la primera vez que iniciaba un contacto físico tan directo conmigo. Su mano era pesada, con dedos largos que terminaban en algo entre uñas y garras, pero su toque era delicado, casi ceremonial. Con su otra mano señaló uno de los símbolos en la pared, luego tocó su pecho, después la tierra bajo nuestros pies y finalmente el aire sobre nuestras cabezas.

Todo está conectado. Interpreté ustedes, la tierra, el cielo, todo es uno. No sé si comprendí correctamente su mensaje, pero la leve inclinación de su cabeza me dio a entender que me había acercado lo suficiente. Un día tocó el tronco de un sabino centenario. Luego golpeó suavemente su propio pecho. Repitió el gesto varias veces, asegurándose de que yo comprendiera. Este es tu hogar”, dije. “Tú existes aquí. Eres parte de esto.” Tacho asintió y entonces extendió su mano hacia mí, invitándome a repetir el gesto.

Lo hice tocando primero el árbol y luego mi propio pecho. “Yo también pertenezco aquí”, afirmé. También soy parte de esto. Fue en ese momento, bajo la sombra del Sabino Antiguo, cuando sellamos un pacto silencioso, pero inquebrantable, una promesa mutua de protección y respeto. Él cuidaría de mis tierras como siempre lo había hecho, manteniéndolas a salvo de peligros que los humanos ni siquiera percibíamos. Yo continuaría protegiendo su existencia, asegurando que el secreto de su presencia permaneciera oculto de aquellos que podrían hacerles daño.

Los años pasaron con la cadencia propia de la vida serrana, marcados por las estaciones, las siembras y las cosechas. Mis hijos crecieron y formaron sus propias familias. Miguel se casó con una joven del pueblo vecino y construyó su casa cerca de la nuestra, asumiendo gradualmente mis responsabilidades como caporal. Luisa terminó sus estudios y regresó para trabajar en la clínica comunitaria. Carmen nunca se alejó demasiado, prefiriendo la vida tranquila de la sierra a la agitación de las ciudades.

A través de todos estos cambios, mi amistad con Tacho y su familia permaneció constante, un ancla que me conectaba con algo más profundo y antiguo que mi propia existencia. En 2010, cuando ya había cumplido 54 años y el primer mechón de canas plateaba mi cabello, ocurrió el incidente que finalmente me revelaría la verdad. sobre por qué los nahuales nos temían. Fue en octubre durante una tarde particularmente neblinosa. Había dejado la canasta de comida en nuestro punto de encuentro habitual, pero Tacho no apareció a la hora acostumbrada.

Esperé más tiempo del usual, intranquilo por su ausencia. En todos estos años, rara vez había faltado a nuestras citas. Cuando estaba a punto de marcharme, escuché un sonido entre los árboles. No era el movimiento fluido y silencioso que caracterizaba a Tacho, sino algo más apresurado, casi frenético. Me puse en alerta pensando que podría ser algún animal herido o peor aún cazadores furtivos. Para mi sorpresa, era Lucero quien emergió de la espesura. El joven nahual, ahora completamente adulto y casi tan imponente como su padre, mostraba signos evidentes de agitación.

Su pelaje dorado estaba herizado y sus ojos brillaban con una intensidad que nunca le había visto. ¿Qué ocurre?, pregunté alarmado por su comportamiento inusual. ¿Dónde está Tacho? Lucero emitió una serie de sonidos cortos y agudos, muy diferentes a los gruñidos bajos que solía usar para comunicarse. Luego, con gestos urgentes, me indicó que lo siguiera. Sin dudarlo, me interné en el bosque tras él. Lucero se movía rápidamente, deteniéndose ocasionalmente para asegurarse de que yo pudiera seguirle el paso.

A pesar de mi edad, los años de recorrer estas montañas me habían mantenido en buena forma física. Pero aún así me costaba trabajo mantenerme a la par del ágil nahual. Después de casi media hora de caminata apresurada, llegamos a una parte del bosque que reconocí como cercana al Tecutli, la cueva sagrada. Lucero se detuvo abruptamente, olfateando el aire con evidente nerviosismo. Luego, bajando su cuerpo para mantenerse oculto entre la vegetación, me hizo señas para que hiciera lo mismo.

Agachados tras un grupo de elechos, observamos el claro frente a la entrada de la cueva. Lo que vi me heló la sangre. Tacho estaba allí, pero no solo. Frente a él, manteniendo una distancia prudente, pero claramente en posición de confrontación, había tres hombres que no reconocí como habitantes de nuestro pueblo. Vestían ropa de casa, llevaban machetes al cinto y lo más alarmante, uno de ellos sostenía un rifle. Cazadores furtivos”, murmuré sintiendo que la ira y el miedo se mezclaban en mi pecho.

Lucero emitió un sonido bajo, casi un gemido, y entonces noté algo que había pasado por alto. En la entrada de la cueva parcialmente oculta entre las sombras yacía la compañera de Tacho. No podía ver claramente su estado, pero su postura inmóvil me llenó de una terrible aprensión. Está, no pude terminar la pregunta. En ese momento, uno de los cazadores dio un paso hacia Tacho, apuntando su rifle directamente hacia él. Dijo algo que no alcancé a escuchar desde nuestra posición, pero su lenguaje corporal era inconfundible.

Amenaza, dominación, desprecio. Tacho permaneció inmóvil. Su imponente figura erguida con dignidad a pesar del peligro evidente, no mostraba miedo, sino una especie de resignación mezclada con algo más intenso, algo que me tomó un momento identificar. Era dolor, un dolor antiguo, profundo, arraigado en memorias que yo no compartía. Sin pensarlo dos veces, salí de nuestro escondite alto, grité con toda la autoridad que mis años como caporal me habían conferido. Están en propiedad privada. Los tres hombres se volvieron hacia mí, sorprendidos por mi repentina aparición.

El que sostenía el rifle lo mantuvo apuntado hacia Tacho, mientras los otros dos me estudiaban con expresiones que mezclaban sorpresa y recelo. ¿Quién es usted?, preguntó uno de ellos. un hombre de mediana edad con cicatriz en la mejilla. “Evaristo Mendoza, caporal de estas tierras”, respondí avanzando con pasos firmes hacia ellos. “Y están en propiedad privada, mi propiedad. Estamos siguiendo a una bestia”, dijo el hombre del rifle sin bajar su arma. “Un animal que atacó nuestro campamento anoche.

No hay ninguna bestia aquí, mentí con convicción. Solo los animales normales del monte y sea lo que sea que buscan, no tienen permiso para cazar en estas tierras. Mientras hablaba, me coloqué estratégicamente entre ellos y Tacho. Pude sentir la presencia del nahual detrás de mí, inmóvil, pero alerta. También percibí que Lucero se había movido silenciosamente entre la vegetación, posicionándose de manera que podría sorprender a los intrusos si la situación lo requería. Mire, señor”, dijo el de la cicatriz con tono conciliador pero firme.

Estamos tras un animal grande, algo entre puma y hombre según las huellas. Si usted vive por aquí, debería preocuparle tener semejante criatura rondando. “Conozco cada centímetro de este monte y cada criatura que lo habita”, respondí. Si hubiera algo peligroso, yo sería el primero en saberlo. El hombre del rifle escupió al suelo en un gesto de desprecio. Los viejos de por aquí cuentan historias sobre nahuales. Pensábamos que eran puros cuentos hasta que vimos las huellas. Y ahora esto señaló vagamente hacia la cueva, donde la compañera de Tacho permanecía tendida en las sombras.

Solo entonces, al seguir la dirección de su mirada, pude ver con claridad la herida en su costado, una herida de bala. La rabia hirvió en mi interior, pero mantuve mi compostura. Estos hombres eran peligrosos y cualquier movimiento en falso podría terminar en tragedia para todos. No sé qué creen haber visto”, dije midiendo cada palabra, pero les aseguro que no hay nada sobrenatural en estas montañas. Solo animales comunes que se asustan con los extraños, especialmente cuando estos vienen armados.

“Le disparé a un puma anoche”, insistió el del rifle. “Lo seguimos hasta aquí por el rastro de sangre.” Y eso señaló nuevamente hacia la cueva. No es un puma normal. Lo que sea que hayan herido, ya no está aquí”, respondí, “Y ahora les pido que se retiren de mis tierras. No tienen derecho a estar aquí.” Los tres hombres intercambiaron miradas evaluando la situación. Yo representaba la autoridad local y aunque estaban armados, sabían que causar problemas con un caporal traería consecuencias con las autoridades municipales.

“Volveremos con permisos adecuados”, advirtió el de la cicatriz. Hay algo extraño en estas montañas y vamos a descubrir qué es. Hagan lo que consideren necesario por los canales oficiales. Respondí. Mientras tanto, les pido que se marchen ahora. Después de un tenso momento de silencio, el hombre del rifle bajó finalmente su arma. Los tres comenzaron a retroceder, manteniendo sus ojos fijos en mí y lanzando miradas ocasionales hacia la cueva. “Tenga cuidado, caporal”, dijo el del rifle antes de darse la vuelta.

Algunas bestias no muestran su verdadera naturaleza hasta que es demasiado tarde. Los observé alejarse, asegurándome de que realmente se marchaban y no simplemente se ocultaban para regresar. Solo cuando estuve seguro de que se habían ido, me volví hacia la cueva. Tacho ya estaba junto a su compañera, examinando su herida con gestos de preocupación evidente. Lucero emergió de su escondite y se unió a ellos, emitiendo sonidos suaves que interpreté como consuelo o apoyo. Me acerqué cautelosamente, respetando su espacio, pero ofreciendo mi ayuda con un gesto de mis manos.

Tacho me miró y por primera vez en nuestros largos años de amistad vi miedo genuino en sus ojos, no por él mismo, sino por su compañera. “Déjame ver”, dije suavemente señalando la herida. “Quizás pueda ayudar.” Tacho dudó un momento, pero luego asintió levemente y se hizo a un lado. Me arrodillé junto a la nahual herida, examinando con cuidado la lesión. La bala había penetrado en su costado, pero por fortuna parecía haber sido un impacto lateral sin dañar órganos vitales.

“Necesito limpiar esto”, murmuré más para mí mismo que para ellos y detener el sangrado. Saqué mi pañuelo y lo presioné contra la herida para contener la hemorragia. La nahual emitió un gemido bajo, pero no intentó apartarse. Sus ojos, del mismo ámbar dorado que los de tacho y lucero, me observaban con una mezcla de dolor y lo que me pareció una extraña resignación. Voy a traer medicinas, les expliqué con gestos, plantas para curar, pero hay que llevarla adentro, mantenerla caliente.

Entre Tacho, Lucero y yo, conseguimos trasladar a la nahual herida al interior de la cueva. La acomodamos sobre un lecho de hojas secas que parecían funcionar como su cama habitual. Tacho encendió un pequeño fuego en un círculo de piedras, evidentemente diseñado para ese propósito, iluminando el interior de la cueva con un resplandor cálido y fluctuante. “Volveré pronto”, prometí. “No tardaré.” Corrí a toda velocidad hacia mi casa, mi mente procesando lo ocurrido. La herida no parecía mortal si se trataba adecuadamente, pero necesitaba actuar rápido.

Al llegar, busqué entre las plantas medicinales que Carmen mantenía secando en el cobertizo, corteza de ensino para la infección, árnica para la inflamación, malvabisco para hacer una cataplasma. Tomé también agua oxigenada, vendas limpias y un pequeño frasco de mezcal para desinfectar. Remedios me encontró empacando todo apresuradamente en mi morral. ¿Qué sucede?, preguntó notando mi urgencia. No tenía tiempo para inventar historias elaboradas. Alguien necesita ayuda en el monte, respondí simplemente. Una herida. Mi esposa me estudió con esa mirada penetrante que siempre parecía ver más allá de mis palabras.

Sin hacer más preguntas, se dirigió a la cocina y regresó con un paquete envuelto en hojas de maíz. Caldo caliente y tortillas, explicó. Quien esté herido necesitará recuperar fuerzas. Tomé el paquete con gratitud, conmovido una vez más por la intuición y la bondad de esta mujer que había compartido mi vida durante tantos años. Gracias, dije besando brevemente su frente. No sé cuándo volveré. Ve, respondió ella con una sonrisa tranquila. Y diles que mejores deseos de mi parte.

No tuve tiempo de reflexionar sobre lo que podría significar ese diles o cuántos había realmente remedios sobre mis amigos del bosque. Con mi morral lleno de suministros, emprendí el camino de regreso a la cueva. Al llegar encontré a Tacho y Lucero vigilando ansiosamente a la nahual herida. Su respiración parecía más trabajosa que antes y un sudor frío cubría su frente. Malas señales. Trabajé metódicamente limpiando la herida con agua oxigenada, diluida, aplicando las hierbas medicinales y, finalmente, vendando el área con cuidado.

La nahual soportó el tratamiento con una resistencia estoica, apenas emitiendo sonidos a pesar del evidente dolor. Mientras trabajaba, Tacho se acercó y, para mi sorpresa, comenzó a hacer gestos más elaborados de los que habitualmente usaba para comunicarse conmigo. Tocó sus propias cicatrices, antiguas marcas que nunca había notado realmente bajo su denso pelaje. Después señaló hacia la dirección por donde se habían marchado los cazadores e hizo un gesto circular como abarcando un área mayor. “Te han herido antes”, interpreté.

Ellos, otros como ellos. Tacho asintió. Luego, con movimientos angustiados que nunca le había visto, comenzó a representar una escena. Se señaló a sí mismo, pero adoptando una postura que sugería juventud o menor tamaño. Después indicó figuras invisibles a su alrededor. Su familia, comprendí. Movió sus manos imitando el acto de acorralar, cercar. Finalmente hizo un gesto brusco hacia el suelo, como algo cayendo. La horrible comprensión me golpeó como un puño en el estómago. “Cazadores mataron a tu familia?”, pregunté en un susurro horrorizado.

Cuando eras joven, Tacho confirmó con un movimiento solemne de su cabeza. Luego se tocó el pecho, simuló estar tendido y finalmente hizo un gesto de levantarse sigilosamente. Te fingiste muerto, interpreté para sobrevivir. Nuevamente Tacho asintió. Sus ojos, usualmente inescrutables, brillaban con una mezcla de dolor antiguo y algo que solo puedo describir como un profundo cansancio. Después hizo un gesto que me confundió inicialmente. Abrió los dedos de una mano, como mostrando cinco, luego cuatro, tres, dos, reduciéndolos gradualmente.

¿Co, ¿qué?, pregunté tratando de entender. Cinco familias, grupos. Tacho asintió vigorosamente ante la palabra grupos. Luego repitió el gesto de reducción. 5 4 3 La comprensión me golpeó con fuerza. Los grupos de nahuales están desapareciendo dije. Cada vez quedan menos. Un sonido bajo, casi un gemido, escapó de la garganta de Tacho. Era la confirmación más elocuente que podía ofrecer. Por eso me mostraste a los otros aquel día, continué. Las piezas encajando en mi mente, el tercer grupo y el cuarto.

Ya no existe. Tacho negó con la cabeza y luego hizo un gesto hacia el oeste, seguido del mismo movimiento de caída que había usado para representar la muerte. El cuarto grupo fue casado. Intérpreté como intentaron hacer con ustedes hoy. Mientras procesaba esta información, la compañera de Tacho emitió un quejido débil. Le ofrecí agua y algo del caldo que Remedios había enviado. Para mi alivio, aceptó ambos, bebiendo con cautela, pero con evidente necesidad. Van a volver, dije después de un momento de silencio.

Esos hombres no se rendirán tan fácilmente. Tacho parecía entender perfectamente la gravedad de la situación. Intercambió una mirada con lucero, una comunicación silenciosa que parecía contener decisiones importantes. “Deben moverse”, sugerí más profundo en la montaña, al menos hasta que ella pueda viajar con seguridad. Pero incluso mientras lo decía, me daba cuenta de la cruel realidad. Cada vez quedaba menos espacio seguro para ellos. Los humanos avanzaban desde todas direcciones con sus carreteras, sus antenas, sus proyectos turísticos. El mundo se estrechaba para criaturas como Tacho y su familia.

Permanecí en la cueva toda la noche, vigilando a la nahual herida y cambiando sus vendajes cuando era necesario. La fiebre subió durante las primeras horas, pero hacia el amanecer comenzó a ceder, una señal esperanzadora de que su cuerpo estaba combatiendo la infección. Durante esas largas horas de vigilia, Tacho permaneció a mi lado y en algún momento, cuando el fuego se había reducido a brasas y el silencio envolvía la cueva, comenzó a comunicarse conmigo de una manera más profunda que nunca antes.

Con gestos deliberados, me contó fragmentos de su historia. me mostró cómo siendo apenas un joven nahual, había presenciado la matanza de su grupo original, cómo había vagado solo durante años antes de encontrar a la que sería su compañera, cómo habían establecido su territorio en estas montañas, lejos de los asentamientos humanos más grandes, buscando un lugar donde vivir en paz. me explicó a través de su limitado, pero expresivo lenguaje corporal por qué me había aceptado aquel primer día cuando le ofrecí comida en lugar de amenazas.

Para él, yo representaba una posibilidad que había creído perdida, la de coexistencia pacífica entre nuestras especies. Y finalmente, con gestos que rompieron mi corazón, me reveló lo que realmente motivaba su temor hacia los humanos. No era nuestra fuerza física, ni nuestras armas, ni siquiera nuestro número superior. Era algo más profundo, más fundamental. Nuestra capacidad para destruir sin necesidad, para temer lo diferente, para atacar lo que no entendíamos. No nos temen porque seamos más fuertes murmuré comprendiendo al fin, sino porque ya saben de lo que somos capaces.

Tacho asintió lentamente, sus ojos reflejando un entendimiento que trascendía las barreras del lenguaje. Al amanecer escuchamos voces a lo lejos. Los cazadores habían regresado tal como habían prometido, pero esta vez no venían solos. Desde la entrada de la cueva, parcialmente ocultos por la vegetación, pudimos ver a un grupo más numeroso acercándose. Los tres hombres del día anterior, acompañados por otros cuatro, todos armados. Se están acercando desde el sendero principal, susurré Tacho. Debemos moverlos ahora. Con cuidado, pero con urgencia.

Ayudamos a la compañera de Tacho a ponerse de pie. Su herida parecía estar mejor, pero aún estaba débil. Entre Tacho y Lucero la sostuvieron, preparándose para huir hacia la parte más profunda del bosque. “Yo los distraeré”, les dije. “les daré tiempo para alejarse.” Tacho me miró fijamente y en ese momento sentí que me comunicaba algo importante. Colocó su mano enorme sobre mi pecho un gesto que habíamos compartido antes. Pertenencia, conexión, compromiso. “Lo sé”, respondí. Confía en mí.

Salí de la cueva y tomé un camino lateral para interceptar al grupo de cazadores antes de que llegaran demasiado cerca. Los encontré en un pequeño claro, consultando lo que parecía ser un mapa rudimentario de la zona. “Buenos días, señores”, dije con firmeza, apareciendo ante ellos. “Veo que han regresado a pesar de mi advertencia. El hombre de la cicatriz, aparentemente el líder del grupo, se adelantó. Traemos permiso de la autoridad municipal. dijo, mostrándome un papel para investigar avistamientos de animales peligrosos en la zona.

Tomé el documento y lo examiné brevemente. Era auténtico, firmado por el presidente municipal, pero estaba lleno de generalidades y no les daba derecho específico a cazar en propiedad privada. Este permiso es para tierras comunales, señalé devolviéndole el papel. No para mi propiedad. Los límites están claramente marcados. Escuche, caporal”, dijo uno de los hombres nuevos con tono conciliador. O sea, no buscamos problemas, solo queremos asegurarnos de que no hay peligro para las comunidades cercanas y yo les aseguro que no lo hay.

Respondí, “He vivido en estas montañas toda mi vida. Conozco cada rincón, cada criatura que las habita. Si hubiera algo peligroso, yo sería el primero en tomar medidas.” “Entonces, ¿cómo explica las huellas?”, preguntó el hombre del rifle. y la sangre y esa criatura que vimos ayer en la cueva. Lo que vieron era probablemente un puma herido. Respondí con calma. Y ya no está aquí. Seguramente se ha movido hacia el norte, lejos de las zonas habitadas. Los hombres intercambiaron miradas escépticas.

Era evidente que no me creían completamente, pero también que mi posición como caporal respetado les hacía dudar. ¿Por qué lo protege? Preguntó finalmente el de la cicatriz. Si realmente vio lo que nosotros vimos ayer, sabe que no es un animal normal. Protejo estas montañas y todo lo que vive en ellas. Respondí, ese es mi trabajo y mi responsabilidad. Y parte de esa responsabilidad es evitar cacerías injustificadas basadas en supersticiones o malentendidos. Volveremos con más hombres y mejores permisos, advirtió el cazador de la cicatriz, evidentemente frustrado por mi obstinación.

Hay algo en estas montañas que no es natural y tarde o temprano lo encontraremos. Hagan lo que consideren necesario”, respondí manteniéndome firme. Pero mientras tanto, les pido que respeten los límites de mi propiedad. Finalmente, tras un tenso intercambio de miradas, los hombres se dieron la vuelta y comenzaron a alejarse. No los perdí de vista hasta que desaparecieron entre los árboles, tomando el sendero que conducía hacia el pueblo. Solo entonces me permití relajar la postura, sintiendo como la tensión abandonaba mis músculos.

Habían pasado apenas 24 horas desde el incidente inicial, pero me sentía como si hubieran transcurrido años. El peso de lo que estaba en juego, la seguridad de Tacho y su familia presionaba sobre mis hombros como nunca antes. Me adentré nuevamente en el bosque, siguiendo un camino diferente al habitual. Sabía que Tacho no habría regresado a la cueva. Era demasiado arriesgado. Debía haberse llevado a su compañera herida y a lucero hacia zonas más elevadas y menos accesibles de la montaña.

Después de casi una hora de caminata, encontré lo que buscaba. Tres piedras apiladas en un patrón específico que Tacho y yo habíamos usado durante años como señal. Al lado de las piedras, un pequeño ramo de pirul doblado apuntaba en determinada dirección. Era su manera de guiarme. Seguí las indicaciones avanzando con cautela y atención, buscando las siguientes señales. El camino se volvía cada vez más escarpado, internándose en partes de la sierra donde rara vez me aventuraba. Finalmente, tras otra hora de ascenso, divisé la entrada de una pequeña cueva parcialmente oculta por un saliente rocoso.

“Tacho! Llamé suavemente desde una distancia prudente. Soy yo, Evaristo.” Durante unos momentos no hubo respuesta. Luego la imponente figura de Tacho emergió de las sombras. Se veía cansado, con una expresión de preocupación que nunca le había visto en todos nuestros años de amistad. Se han ido por ahora, le informé acercándome. Pero volverán. ¿Cómo está ella? Tacho me guió al interior de la cueva. Era un espacio más pequeño que su refugio habitual, pero ofrecía buena protección contra el clima y miradas indiscretas.

Su compañera estaba recostada sobre un improvisado lecho de hojas con lucero vigilando atentamente a su lado. Para mi alivio, parecía estar mejor que la noche anterior. Sus ojos estaban más alertas y su respiración era regular. Me arrodillé junto a ella y revisé la herida con cuidado. La inflamación había disminuido considerablemente y no había signos de infección. Las plantas medicinales estaban cumpliendo su función. Se está recuperando bien, dije, tanto para tranquilizar a Tacho como para expresar mi propio alivio.

Cyberon necesitará tiempo para sanar completamente. Mientras cambiaba los vendajes por unos limpios que había traído conmigo, reflexioné sobre la situación. Los cazadores no se darían por vencidos fácilmente, especialmente ahora que creían haber visto algo extraordinario. Y aunque yo podía proteger mis tierras, no tenía autoridad sobre las áreas comunales que rodeaban mi propiedad. “Sa no pueden quedarse aquí”, murmuré. “Más para mí mismo que para ellos. No es seguro. Tacho pareció entender mis preocupaciones. Con movimientos deliberados, se acercó a la pared de la cueva y comenzó a trazar líneas en la tierra húmeda, tal como había hecho años atrás.

dibujó el contorno de las montañas que conocíamos, marcó nuestro pueblo, mi propiedad, y luego trazó una línea que se extendía hacia el noreste, hacia regiones tan remotas que incluso yo, con toda mi experiencia como caporal, apenas conocía. ¿Quieres ir allá?, pregunté señalando la dirección. ¿Hay otros como ustedes en esas montañas? Tacho asintió lentamente. Luego, con un gesto que me resultó desgarrador en su simplicidad, borró la marca que representaba a su familia en nuestras montañas y la redibujó en ese territorio distante.

Comprendí entonces lo que estaba decidiendo. Abandonar el hogar que habían construido durante décadas, dejar atrás el territorio que conocían, los refugios que habían creado, los senderos que habían recorrido innumerables veces. Todo para sobrevivir. ¿Estás seguro? Pregunté sintiendo un nudo en la garganta. Es un viaje largo y peligroso, especialmente con ella herida. La mirada que Tacho me dirigió contenía una resolución inquebrantable. No había alternativa y ambos lo sabíamos. Los cazadores regresarían probablemente con más hombres y mejores armas.

La noticia de criaturas extrañas en las montañas se expandiría. Tarde o temprano alguien los encontraría. Tacho hizo otro gesto señalándome a mí y luego al dibujo, como preguntando si conocía el camino hacia esas montañas distantes. “Conozco del camino,”, admití. “Oh, pero hay áreas donde nunca he estado. Sin embargo, tengo mapas. Puedo estudiarlos y ayudarles a planear la ruta más segura. Durante los días siguientes me dediqué a preparar todo lo necesario para el viaje de Tacho y su familia.

Estudié cuidadosamente los mapas topográficos de la región, identificando las rutas que ofrecían mejor cobertura boscosa y menos probabilidades de encuentros con humanos. Reuní provisiones, alimentos no perecederos, medicinas para la compañera de Tacho, incluso una lona impermeable que podrían usar como refugio temporal durante el viaje. Cada día visitaba la cueva donde se escondían, llevando comida fresca y revisando la herida del Ahahual. Su recuperación progresaba notablemente bien, mostrando una capacidad de sanación que superaba con creces la humana. A este ritmo estaría lo suficientemente fuerte para viajar en poco más de una semana.

Durante estas visitas, Tacho me mostró más aspectos de su cultura y conocimientos que nunca antes había compartido conmigo. Me enseñó a reconocer plantas medicinales raras que solo crecían en determinados microclimas de la sierra. me explicó a través de gestos y dibujos en la Tierra cómo su especie se comunicaba a grandes distancias utilizando sonidos que el oído humano no podía detectar. me mostró técnicas para moverme en el bosque sin dejar rastro, habilidades que él y los suyos habían perfeccionado durante generaciones.

Era como si, ante la inminencia de nuestra separación, quisiera asegurarse de que yo comprendiera lo más posible sobre su mundo. Un último intercambio de conocimientos entre dos seres que, a pesar de sus diferencias habían encontrado un terreno común en el respeto mutuo y la amistad. Una tarde, mientras preparábamos los últimos detalles del viaje, Lucero hizo algo inesperado. Se acercó a mí con lo que parecía ser un pequeño objeto en sus manos. Al extenderlas hacia mí, vi que sostenía una piedra tallada con símbolos similares a los que había observado en el tecutli, la cueva sagrada.

La piedra emitía un leve resplandor a su lado cuando la luz la tocaba desde cierto ángulo. ¿Es para mí?, pregunté sorprendido por el gesto. Lucero asintió colocando cuidadosamente la piedra en mi palma. Tacho, observáonos, hizo un gesto tocando primero la piedra y luego su propio corazón, seguido de un movimiento circular que abarcaba a toda su familia y a mí. Un vínculo, interpreté, algo que nos mantendrá conectados aunque estén lejos. La emoción me embargó y por un momento no pude encontrar palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

Este objeto, esta piedra tallada con símbolos ancestrales, representaba una confianza y un honor que pocos humanos, si es que alguno, habían recibido jamás. “La guardaré siempre”, prometí cerrando mi mano alrededor de la piedra, como ustedes guardarán siempre un lugar en mi memoria. El día de la partida llegó con la primera luna llena de noviembre de 2012. La compañera de Tacho estaba lo suficientemente recuperada para emprender el viaje, aunque aún mostraba signos de debilidad. Lucero había crecido notablemente en los últimos años, convirtiéndose en un joven nahual fuerte y ágil que sería de gran ayuda durante la travesía.

Nos encontramos al amanecer en un claro cercano a la cueva temporal. había traído conmigo un último cargamento de provisiones, frutas secas, semillas, tiras de carne ahumada que le servirían durante las primeras etapas del viaje. También les entregué el mapa que había preparado, marcando claramente la ruta recomendada y los posibles peligros a evitar. “Es un viaje de aproximadamente dos semanas”, expliqué señalando el mapa. Así se mantienen en estas elevaciones y evitan estos valles donde hay asentamientos humanos deberían llegar sin contratiempos.

Tacho estudió el mapa con atención, memorizando cada detalle con esa extraordinaria capacidad que siempre me había asombrado. Luego lo dobló cuidadosamente y lo guardó en una especie de bolsa rudimentaria que llevaba atada a su cuerpo. El momento de la despedida había llegado y con él una profunda sensación de pérdida. Durante casi 30 años, Tacho y su familia habían sido una constante en mi vida, un secreto precioso que había guardado celosamente, un vínculo con algo más antiguo y sabio que mi propia existencia.

“Cuídense”, dije sintiendo que las palabras eran terriblemente inadecuadas. “Y si algún día es seguro regresar”, dejé la frase inconclusa, sabiendo en mi corazón que probablemente nunca volvería a verlos. El mundo cambiaba demasiado rápido. Los espacios salvajes se reducían año tras año y criaturas como Tacho tenían cada vez menos lugares donde existir en paz. Tacho se acercó a mí y no en un gesto que me sorprendió por su naturaleza humana, colocó su enorme mano sobre mi hombro. Sus ojos, esos ojos antiguos color ámbar que habían visto tanto dolor y tanta belleza, me transmitieron un mensaje más elocuente que cualquier palabra.

gratitud, respeto y algo más, algo que solo puedo describir como una profunda conexión entre dos seres que, a pesar de pertenecer a mundos diferentes, habían encontrado un terreno común en la comprensión mutua. Su compañera y Lucero se acercaron también, cada uno tocando brevemente mi brazo en un gesto de despedida. Luego, sin más demora, la familia se volvió hacia el sendero que los llevaría a su nuevo destino. Antes de desaparecer entre la espesa vegetación, Tacho se detuvo y miró hacia atrás una última vez.

Gracias, interpreté en su mirada. Adiós, amigo. Y así, tan silenciosamente como habían existido en estas montañas durante décadas, desaparecieron entre la neblina matutina como espíritus de la tierra regresando al misterio de donde habían surgido. Permanecí en el claro largo rato después de que se marcharon, sintiendo el peso de la piedra tallada en mi bolsillo y el de los recuerdos en mi corazón. Finalmente, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las copas de los árboles, emprendí el camino de regreso a casa.

Hoy, 11 años después, a mis 73 años, sigo dejando ocasionalmente frutas y tortillas en un tronco hueco de la sierra. A veces desaparecen durante la noche. Quizás son tomadas por mapaches o tejones. Quizás simplemente se pudren y se integran nuevamente a la tierra. O quizás, solo quizás, es una señal de que la promesa silenciosa que hicimos bajo aquel viejo Sabino sigue viva, transcendiendo la distancia y el tiempo. Durante 40 años alimenté a un ser que nunca me atacó, que me mostró su mundo y confió en mí sus secretos más valiosos.

Un ser que al final solo quería lo mismo que cualquier familia, vivir, proteger a los suyos y ser dejado en paz. Y ahora entiendo perfectamente por qué los nahuales nos temen. No porque seamos físicamente más fuertes o tecnológicamente más avanzados. Nos temen porque a lo largo de generaciones han experimentado nuestra capacidad para destruir lo que no entendemos, para temer lo diferente, para conquistar en lugar de coexistir. Nos temen porque nosotros olvidamos que la tierra está viva, mientras ellos nunca lo olvidan.

Porque nosotros destruimos por miedo, mientras ellos sobreviven a pesar de su miedo hacia nosotros. Los nahuales no son leyendas ni supersticiones. Son recordatorios vivientes de que hubo un tiempo en que los humanos no éramos los únicos seres inteligentes que caminaban por estas tierras y de que tal vez no deberíamos serlo. Cada noche, antes de dormir sostengo en mis manos aquella piedra tallada que Lucero me entregó. Bajo cierta luz. Los símbolos parecen cambiar, contar historias diferentes y en esos momentos siento que de alguna manera estoy conectado con ellos donde quiera que estén, porque hay verdades en esta sierra que solo se revelan a quienes saben mirar con respeto.

Y yo tuve el privilegio de contemplar una de las más hermosas y trágicas, que los guardianes del monte siguen ahí observándonos desde las sombras, esperando el día en que recordemos que compartimos esta tierra que no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella, como me enseñó Tacho hace tantos años tocando el tronco del sabino y luego su propio pecho. Este es mi hogar. Yo existo aquí. Quizás algún día cuando hayamos aprendido a ver con ojos diferentes, cuando hayamos recordado cómo escuchar el lenguaje del bosque y respetar sus antiguos habitantes, los nahuales puedan regresar.

Quizás algún día dejarán de temernos. Pero hasta entonces seguiré dejando mi ofrenda en el tronco hueco como un recordatorio, como una promesa, como una pequeña luz de esperanza en un mundo que parece olvidar demasiado rápido sus raíces más profundas. Porque durante 40 años alimenté a un nahual y lo que aprendí de él cambió mi vida para siempre.