“La Funeraria de mi Abuelo” Una historia basada en hechos que aún me cuesta recordar sin temblar.

Desde muy pequeña pasaba mis veranos en la casa de mi abuelo Elías, un hombre parco y meticuloso que vivía al fondo del pueblo, en una casona antigua de techos altos, madera crujiente y olor a cera quemada. El detalle que siempre omitía en mis cuentos escolares era que esa casa no era una casa cualquiera: era también una funeraria.

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Mi abuelo era tan serio como el oficio que ejercía. Se encargaba de preparar cuerpos, coordinar velorios, y a veces —aunque nadie lo dijera abiertamente— también consolaba almas. Dormía en una habitación al lado del salón principal, donde reposaban los ataúdes antes de ser trasladados al cementerio. Yo, en cambio, dormía en una pequeña habitación al fondo, desde la que se escuchaban todos los sonidos de esa casa: los lamentos contenidos de las visitas, los golpecitos de madera, y a veces… cosas que no tenían sentido.

La primera noche que dormí allí sola, algo me despertó a eso de las tres de la madrugada. Un murmullo bajo, como un rezo ronco, provenía del salón de velorios. Me levanté con cuidado, aún en pijama, y fui a husmear como solía hacer con todo lo que me causaba miedo. Me escondí detrás de una cortina. Allí estaba el ataúd de una anciana del pueblo, cuya cara ya había olvidado, pero lo que no olvidaré jamás es lo que vi esa noche: el ataúd se movía. No mucho. Solo un golpecito. Después otro. Luego silencio. Pero no era mi imaginación. Lo juro.

Le conté a mi abuelo al día siguiente y me miró fijo. No me retó ni me dijo que era una pesadilla. Solo me dijo:
—Los muertos no siempre descansan bien, nena. Hay que ayudarlos a cruzar.

Desde entonces, la casa comenzó a cambiar para mí. En cada visita, las cosas eran más extrañas.

Una noche particularmente fría, mientras mi abuelo velaba el cuerpo de un hombre que había muerto en un accidente, noté que el espejo del pasillo se empañaba como si alguien respirara frente a él. Me acerqué y vi, justo detrás de mí reflejada, a una niña de mi edad, vestida con ropa antigua, mirándome sin expresión. Me di vuelta de golpe. Nadie.

Las noches siguientes comenzaron los susurros. En mi cuarto, en la cocina, incluso en el baño. A veces parecía que decían mi nombre. “Martina…”. Mi abuelo no decía mucho, pero una noche, sin esperarlo, me dijo:

—No les contestes. Solo escuchan cuando alguien les presta atención.

Yo ya dormía con la luz encendida.

La experiencia más aterradora ocurrió un viernes, durante una tormenta eléctrica. Se había ido la luz, y mi abuelo estaba en el cementerio, enterrando un cuerpo antes de que el temporal empeorara. Me dejó sola en la casa, con una linterna vieja que apenas alumbraba.

Todo parecía en calma hasta que oí ruidos secos provenientes del sótano. Bajé los escalones con el corazón desbocado. El lugar olía a humedad, a flores marchitas. Al fondo, algo se movía. No era un animal. Era algo… que parecía arrastrarse. De pronto, una figura se abalanzó hacia mí entre las sombras. No tenía ojos, o al menos no los vi. Solo una piel ceniza y una boca abierta como si gritara, pero no emitía sonido.

Grité con todas mis fuerzas y corrí escaleras arriba. Me encerré en el baño y no salí hasta que mi abuelo regresó. Lloré. Le conté todo. Y él, con una calma casi inhumana, me abrazó y dijo:

—Ese era Joaquín. Lo velamos hace unos años. Nunca encontró la paz. No debí dejarte sola.

A la mañana siguiente me llevó con una curandera del pueblo, quien me hizo una limpia con hierbas y me dio un amuleto.
—Tenés la puerta abierta, niña —me dijo—. Esa casa tiene sed de energía. Y vos brillás como farol.

Desde entonces, dejé de ir tan seguido. Con los años, la funeraria cerró y mi abuelo falleció poco después. Pero cada tanto, cuando paso frente a esa casa abandonada, siento que alguien me mira desde la ventana del salón principal. Y me pregunto cuántas almas quedaron atrapadas entre las tablas de esa vieja casona.

Porque hay lugares donde la muerte no es el final. Es solo el principio.