“‘Eres una sanguijuela inútil’, me gritó mi esposo al empujarme fuera de la casa para irse con otra.

“‘Eres una sanguijuela inútil’, me gritó mi esposo al empujarme fuera de la casa para irse con otra. Lo que no sabía es que acababa de entregarle su carta de despido a la multimillonaria dueña de su empresa: yo.”

La maleta barata, la misma con la que había entrado en este matrimonio hacía ocho años, aterrizó a mis pies con un golpe sordo en el piso de mármol de Carrara de nuestra casa en Lomas de Chapultepec.

“Quiero que te largues”, dijo Marcos. Su voz era fría, irreconocible. Se ajustó el cuello de su camisa de seda, una de las muchas que había comprado para celebrar el ascenso que, irónicamente, yo misma le había concedido como regalo de aniversario.

“Valeria se muda el lunes”, continuó, paseando por el gran vestíbulo de nuestro chalet. “Ella es una mujer de verdad, Sofía. Apasionada, vibrante. No como tú”.

Hizo un gesto despectivo hacia mí. “No eres más que una sanguijuela. Un parásito. Ocho años chupándome la vida. Pero se acabó. Estoy harto de mantenerte”.

Me quedé inmóvil junto a la puerta. Mi rostro estaba pálido, sí, pero mis ojos contenían un fuego frío que él, en su arrogante monólogo, confundió con lágrimas de mujer despechada. Pensaba que estaba asegurando su futuro; no tenía ni idea de que acababa de firmar los papeles que no solo pulverizarían su carrera, sino que lo dejarían sin un solo peso. Literalmente en la calle.

Mi mano se apretó alrededor del asa de la maleta. Era un modelo desgastado, el que había traído a esta casa. Marcos siempre había prometido comprarme un juego nuevo de Louis Vuitton, pero nunca encontraba el momento. Ahora me alegraba. Era un cierre poético.

Sus ojos siguieron mi mirada mientras yo observaba las paredes del vestíbulo, las mismas que yo había pagado con una transferencia discreta desde una cuenta que él desconocía.

Él se rio, un ladrido corto y feo. “No te molestes en ponerte sentimental con la casa. Valeria traerá a su decorador la semana que viene. Odia tu gusto soso y aburrido. Francamente, yo también”.

Soso. Aburrido. Un parásito. Las palabras resonaban en el vestíbulo de mármol.

Recordé nuestros comienzos. Él no había sido así. Cuando lo conocí, Marcos era un analista de nivel medio en el Grupo Rivera, amable, modesto y, aparentemente, nada interesado en la escalada corporativa.

Por eso lo había elegido.

Después de que mi padre, Roberto Rivera, falleciera, me vi rodeada de hombres cazafortunas. Marcos había sido mi refugio. Me amaba, o eso decía, por mi “corazón sencillo”. No por la fortuna que nunca le conté.

Yo solo quería ser Sofía. No Sofía Rivera, heredera del imperio.

Mi padre me advirtió en su lecho de muerte: “El poder es un abrigo pesado, cariño. Ten cuidado a quién dejas que te ayude a cargarlo. Cásate por amor, pero firma los papeles pensando en la guerra”.

Y firmé. Marcos se rió mientras firmaba nuestras capitulaciones matrimoniales blindadas, sin leer: “¿Qué es esto, Sofía? ¿Que todos los bienes previos siguen siendo separados? Cariño, todo lo que tengo es una deuda y un Jetta usado. Quédatelo”.

No sabía que mis “bienes previos” incluían el 51% del Grupo Rivera.

Había guardado mi secreto, disfrutando de nuestra vida aparentemente simple. Dirigía mi imperio desde un despacho en casa que él creía destinado a mi “tienda de acuarelas online”. Firmaba adquisiciones multimillonarias antes de preparar la cena. Todos mis apoderados y el consejo se comunicaban a través de Arturo Soler, abogado de confianza. Para el mundo, y para Marcos, yo era un fantasma.

Pero a medida que la carrera de Marcos crecía, también lo hacía su ego.

Yo había engrasado los engranajes para él. En lugar de apoyar sus sueños, alimentaba un monstruo.

El ascenso a Vicepresidente… yo lo había aprobado como regalo de aniversario. Y él lo celebraba reemplazándome.

“¿Estás sorda?”, espetó Marcos. “He dicho que te largues”.

Mis ojos se posaron en un pequeño cuadro colgado junto a la puerta: una acuarela sencilla de una costa gris de Veracruz.

“Me llevaré eso”, dije.

Marcos bufó. “¿Esa cosa fea? A Valeria le encanta el arte moderno. Bien, cógelo. Un recordatorio apropiado de la mujer gris y sin vida que eres”.

Arrancó el cuadro de la pared y me lo arrojó a las manos.

Él no sabía que era una llave: las claves privadas de mis criptomonedas y el acceso a mis servidores. Las llaves del reino.

Lo metí bajo el brazo, recogí mi maleta y salí sin mirar atrás. Ni siquiera al Audi negro donde Valeria esperaba con su melena rubia al sol.

Marcando un número en mi celular:

“Arturo, ejecuta la cláusula de fidelidad. Congélalo todo: cuentas, tarjetas y la casa. Quiero la propiedad en el mercado antes del mediodía. Y convoca una reunión de emergencia del consejo a las 9 a.m. Es hora de volver a casa”.

Al día siguiente, Marcos entró a la torre del Grupo Rivera en Reforma sintiéndose un rey. La reunión de emergencia lo esperaba.

Todo el consejo, incluyendo a Arturo Soler y el CEO Jiménez, estaba sentado. La confianza de Marcos flaqueó.

“Grupo Rivera tiene tolerancia cero a conflictos de interés”, dijo Soler. “Y hoy presentamos a la propietaria y nueva Presidenta Ejecutiva… Doña Sofía Rivera”.

La puerta se abrió. Sofía entró, no la mujer sosa que él había expulsado, sino con un traje negro a medida, coleta elegante y mirada de hielo.

“Estoy aquí para sacar la basura, Marcos”, dijo ella.

El mundo de Marcos se inclinaba. Esta mujer beige, aburrida… era la dueña de todo.

“¿Tú… eres la dueña?”, tartamudeó.

Sofía sonrió, escalofriante: “No soy tu jefa, Marcos. Ya no trabajas aquí”.

Soler deslizó un expediente: “Ascenso por petición de Doña Sofía. Fue un regalo de aniversario”.

La sangre de Marcos se congeló. Todo su orgullo, sus ascensos… había sido ella. La parásita había sido el anfitrión todo el tiempo.

“Señor Soler, despídalo”, dijo Sofía.

Marcos fue arrastrado fuera del edificio, pasando por cientos de empleados que grababan todo.

En la calle, un letrero de “SE VENDE” adornaba su jardín en Lomas de Chapultepec. Su vida había desaparecido.

Su teléfono vibró. Un mensaje: la acuarela gris que él despreciaba, ahora en la oficina privada de Sofía en las Cuatro Torres, con la ciudad de fondo.

Un segundo mensaje: “Gracias, Marcos. Al echarme, me recordaste quién soy. Nací para ser una Rivera. PD: Todos tus préstamos personales vencen ahora. Saldo: cero.”

Marcos se hundió en un banco, derrotado. La mujer a la que llamó parásita era la dueña de todo.

Seis meses después, la ciudad estaba en invierno, y Marcos, demacrado y sin nada, veía desde la fila del comedor comunitario cómo Sofía Rivera dominaba el horizonte empresarial de México.