El Último Amanecer en Santa Esperanza

Capítulo 1 – El Polvo del Desierto

El sol caía como plomo fundido sobre el horizonte cuando Miguel Vargas cabalgaba por el árido desierto de Sonora. Su caballo, Relámpago, resoplaba cansado, pero seguía adelante, guiado por la determinación de su jinete. En el aire, el polvo rojizo bailaba entre los rayos dorados de la tarde.

Miguel había sido alguacil una vez, el mejor de Santa Esperanza, hasta que la banda de Los Lobos del Sur, liderada por Ramiro Cortez, arrasó el pueblo. Quemaron las casas, robaron el oro del banco y secuestraron a Isabela Cruz, la mujer que Miguel amaba desde la infancia.
Desde entonces, Miguel vivía con una sola idea en la cabeza: traerla de vuelta… o morir intentándolo.

Con la mirada clavada en el horizonte, divisó humo al norte.
Ramiro… estás ahí, maldito. —susurró, y espoleó a su caballo.


Capítulo 2 – El Rastro de Sangre

Al caer la noche, Miguel llegó a un pequeño poblado abandonado. El silencio era tan denso que podía cortar con un cuchillo. En el suelo, marcas frescas de herraduras y unas gotas de sangre guiaban hacia una vieja taberna medio derruida.

Empujó la puerta con la mano en su revólver.
Dentro, tres hombres bebían aguardiente y reían con una violencia hueca. Uno de ellos llevaba un pañuelo rojo: el símbolo de los Lobos.

Miguel disparó primero.

El estruendo rompió la quietud. Dos cayeron antes de que pudieran desenfundar; el tercero intentó huir, pero Miguel lo alcanzó y lo empujó contra la pared.
—¿Dónde está Ramiro? ¿Dónde tienen a Isabela? —rugió.

El bandido, sangrando, apenas podía hablar.
—E-en el cañón de los muertos… pero no vayas, forastero. Nadie sale vivo de allí.

Miguel lo soltó y salió. Afuera, la luna iluminaba su rostro endurecido.
—Nadie… excepto yo. —murmuró, mientras montaba a Relámpago y desaparecía entre las sombras.


Capítulo 3 – El Cañón de los Muertos

El amanecer encontró a Miguel en el borde del Cañón de los Muertos, un abismo de rocas rojizas y ecos antiguos. Desde abajo llegaban risas y el sonido metálico de armas.
A lo lejos, entre las carpas del campamento, vio a Isabela, atada a un poste.

Su corazón latió con furia.
Sacó su Winchester, revisó las balas, y respiró hondo. Cada movimiento era calculado, preciso, como un depredador acechando.

Una explosión resonó. Miguel lanzó un cartucho de dinamita robado del campamento anterior. El caos se desató: los hombres gritaban, los caballos relinchaban, el humo cubría todo.

Entre el estruendo, Miguel se deslizó entre las sombras. Dos, tres, cuatro hombres cayeron antes de darse cuenta de lo que ocurría. Pero Ramiro Cortez no era un idiota: lo esperaba en el centro del campamento, con Isabela como escudo.

Sabía que vendrías, Vargas. —gritó Ramiro, con una sonrisa torcida.— Pero llegaste solo.

No necesito más. —respondió Miguel, apuntando su arma.


Capítulo 4 – Duelo al Amanecer

El tiempo pareció detenerse. Solo el viento del desierto y el crujido del polvo bajo sus botas.
Ramiro soltó a Isabela y caminó unos pasos al frente, girando su revólver entre los dedos.
—Un duelo, como en los viejos tiempos. ¿Tienes el valor?

Miguel asintió.
Los hombres restantes de la banda formaron un círculo. Los dos se enfrentaron a diez pasos de distancia.
El sol asomaba por el horizonte, bañando todo en un tono rojo sangre.

Tres… dos… uno… —Ramiro desenfundó.

Pero Miguel fue más rápido.

El disparo de Miguel atravesó el aire y el pecho de Ramiro en el mismo instante. El bandido cayó de rodillas, mirándolo con ojos llenos de rabia y sorpresa.
—No puede ser… —susurró, antes de desplomarse en el polvo.

Un silencio absoluto se apoderó del cañón.
Miguel bajó el arma, caminó hacia Isabela y la desató. Ella lo miró con lágrimas y sonrió temblorosa.
—Sabía que vendrías… —murmuró.
Miguel la abrazó.
—Nunca dejaría que el desierto te quitara de mí.


Capítulo 5 – La Última Emboscada

Pero la batalla aún no había terminado. Los hombres restantes, llenos de furia, atacaron desde las rocas. Miguel cubrió a Isabela y se lanzó detrás de un carro volcado.

Las balas silbaban. Una alcanzó el hombro de Miguel, pero él no se detuvo. Con la otra mano, recargó su rifle y disparó uno tras otro, sin errar.

—¡Miguel! —gritó Isabela, señalando el risco.— ¡Están huyendo con el oro!

Miguel montó a Relámpago, pese al dolor, y los persiguió entre los pasajes estrechos del cañón. El sonido de los cascos retumbaba como truenos.
A cada curva, una bala, un grito, un cuerpo cayendo al polvo.

Finalmente, el último de los Lobos intentó escapar al cruzar un puente de madera. Miguel disparó al soporte: el puente colapsó, y el bandido cayó al vacío junto con el botín.

El eco del derrumbe fue lo único que quedó.


Capítulo 6 – Amanecer en Santa Esperanza

Días después, el pueblo de Santa Esperanza volvía a la vida.
Miguel, con el brazo vendado, caminaba por la calle principal mientras los aldeanos lo recibían con sonrisas y vítores.
Los Lobos del Sur estaban muertos o presos. El nombre de Ramiro Cortez ya era solo un susurro en el viento.

Isabela se acercó a él, vestida de blanco, con una flor en el cabello.
—¿Y ahora, sheriff? —le dijo, sonriendo.
Miguel la miró, con una chispa en los ojos.
—Ahora… empezamos de nuevo.

El sol se levantó sobre Santa Esperanza, iluminando los muros reconstruidos, los niños riendo, y el polvo del desierto danzando como oro.
Miguel tomó la mano de Isabela y juntos caminaron hacia el horizonte.

El viento llevó consigo el último eco del pasado…
Y el Oeste, por fin, tuvo paz.