El Nacimiento del Destino Torcido

Capítulo 6: El alma compartida (Final)

Pasaron los años.
Luz creció sana, risueña, con una sensibilidad extraña hacia las emociones de los demás.
A veces, cuando veía injusticias, sus ojos se volvían oscuros; pero cuando alguien lloraba, brillaban con ternura.

Verónica siempre decía:

“Tiene el alma de dos… y el corazón de uno solo.”

María visitaba cada año la tumba del niño que nunca nació, dejando flores y lágrimas.
José, con el tiempo, también cambió; el silencio del pasado le enseñó a rezar sin palabras.
Y Doña Rosa… murió tranquila, diciendo que por fin sentía paz en la casa.

Yo, desde el otro lado, los observaba.
Ya no era ni luz ni sombra.
Era solo memoria — el eco de lo que fue y lo que aprendí.

“El amor, incluso después de la muerte, puede rehacer el destino.”

Esa fue mi última lección antes de desaparecer en la calma infinita.
Y en el amanecer siguiente, Luz sonrió sin razón alguna, mirando hacia el cielo,
como si me hubiera reconocido.