El Nacimiento del Destino Torcido
Capítulo 3: La promesa del vientre
Esa noche, Verónica no pudo dormir.
Decía que sentía movimientos extraños dentro de su vientre, como si el bebé tratara de hablarle.
Yo sabía que no era ella quien escuchaba… sino yo, quien escuchaba a él.
“¿Lo sientes, hermana? Este cuerpo aún no es mío, pero pronto lo será.”
Su voz se arrastraba entre las paredes de mi mente como un eco húmedo.
Intenté ignorarlo, concentrarme en el suave latido del corazón de Verónica, pero el sonido del suyo, el de mi hermano, latía más fuerte, más pesado, como un tambor de guerra.
Afuera, el viento soplaba contra las ventanas del hospital, y cada ráfaga parecía llevar consigo un suspiro que no pertenecía a nadie.
Verónica se incorporó en la cama, acariciando su vientre con ternura.
—Tranquilo, mi amor… todo está bien.
Yo quise creerlo, pero sentí un escalofrío recorrer el líquido que nos envolvía.
La temperatura bajó de golpe; algo cambió.
Fue entonces cuando escuché otra voz… no era la suya ni la mía.
“Tu destino fue sellado antes de nacer. Pero aún puedes elegir quién muere primero.”
El aire se volvió denso.
Vi destellos de luz roja detrás de mis párpados cerrados.
Y en ese instante, comprendí que no estaba sola en este vientre.
No solo él, mi hermano, sino algo más viejo, algo que había escuchado la promesa de María aquella tarde.
Verónica se estremeció, presintiendo el peligro.
—¿Quién está ahí? —susurró, sin saber por qué lo decía.
Yo también quería preguntar lo mismo.
Pero no hubo respuesta… solo un leve murmullo de risas, que se disolvió con el viento.
“Nos veremos pronto, pequeña. Cuando llegue el momento del nacimiento… las deudas se pagarán.”
Y el silencio volvió.
Pero lo supe con certeza: a partir de ese momento, las cosas nunca volvieron a ser lo mismo.