El Nacimiento del Destino Torcido
Capítulo 2: La sombra de la profecía
Pasaron los días, y en los sueños de Verónica comenzaron a aparecer sombras extrañas.
Decía que escuchaba pasos detrás de la puerta, susurros que la llamaban por su nombre.
Yo lo sentía también… desde dentro.
Era él, moviéndose en algún lugar del otro lado del velo.
Una tarde, María llegó a visitarla al hospital.
Su rostro se veía cansado, pero en sus ojos había algo más… algo torcido.
—Verónica, amiga, afuera del hospital hay una señora que adivina el futuro. Dicen que puede ver lo que llevamos en el vientre.
—Ay, María, no empieces con tus cosas. —Verónica sonrió con amabilidad, tratando de evitar la conversación.
—Solo por curiosidad, —insistió María— quizás pueda decirte si es niño o niña.
Yo sabía lo que en realidad buscaba: no era curiosidad, era desesperación.
María no soportaba la idea de perder el control… ni siquiera en una nueva vida.
Cuando finalmente la convenció, caminaron hasta la entrada del hospital, donde una anciana envuelta en un rebozo color ceniza las esperaba sentada en un banquito de madera.
Frente a ella, unas velas cortas se consumían lentamente, dejando escapar un olor agrio a cera y humo.
—Pásele, señora, —dijo la vieja sin levantar la vista— yo ya sé a lo que viene.
María le tendió un billete sin dudar.
La anciana cerró los ojos, murmuró palabras que no entendí… y luego susurró con voz ronca:
“Lo que llevas dentro no es ni niño ni niña.
Es un alma antigua… una que ya conoces.”
Verónica se estremeció.
María, en cambio, sonrió con una mezcla de nerviosismo y desdén.
—Bah, tonterías. Solo dime el sexo del bebé.
La mujer abrió los ojos por primera vez. Eran opacos, casi blancos.
—Si insistes… es niña.
El silencio cayó de golpe.
María apretó los labios. Yo pude sentir su rabia, como una ola de fuego ardiendo en el aire.
“¿Niña otra vez?” —pensó ella, y esa voz mental retumbó hasta dentro de mí.
La anciana se inclinó hacia adelante, murmurando:
—Pero no temas. El destino puede alterarse… si estás dispuesta a pagar el precio.
El viento cambió.
Las velas parpadearon, y por un instante, juro que vi su sombra sonreír.
Verónica retrocedió un paso.
—Vámonos, María. Esto no me gusta.
Pero María se quedó quieta, mirando fijamente los ojos de la vieja.
—¿Qué precio? —preguntó al fin.
La anciana sonrió, mostrando unos dientes ennegrecidos.
—No se compra con dinero. Se paga con el alma.
Y entonces sentí… una presencia más entre nosotras.
Mi hermano.
Su risa, suave como un cuchillo.
“El juego apenas comienza, hermanita.”