Aquella tarde en Córdoba, un ladrón entró a una panadería… pero salió con algo mucho más valioso que dinero.


Aquel mediodía en Córdoba, Argentina, hacía calor. El tipo que entró a la tienda de Don Aníbal no venía a comprar pan.

Venía a robar.

—¡Quedate quieto, viejo! Dame todo lo que tengas en la caja.

Aníbal, 76 años, panadero de barrio desde que tenía uso de razón, lo miró sin moverse. No tenía ni miedo ni sorpresa. Ya había vivido demasiadas cosas como para asustarse por un chico con un cuchillo y una remera con agujeros.

—¿Vos sabés lo que es levantarse a las tres de la mañana a amasar? —le dijo, apoyándose en el mostrador.

—¡Dame la plata, viejo!

—No hay plata. Hoy fue un día flojo. Si querés, llevate una flauta, o unas facturas. Pero plata no tengo.

El ladrón dudó. Bajó un poco el cuchillo. Estaba flaco. Tenía ojeras hasta los codos. Y una mirada de esas que piden ayuda pero no saben cómo.

—Mi hija tiene hambre. No tengo trabajo. No me queda otra.

Aníbal se lo quedó mirando. Se acercó con calma. El chico temblaba.

—¿Tenés hambre vos también?

—Sí.

—Sentate.

—¿Qué?

—Sentate. Te hago un sándwich. No voy a darte plata, pero tampoco te voy a dejar ir con el estómago vacío.

Lo siguiente fue surrealista. El panadero preparó un sándwich de milanesa con pan recién salido del horno. El ladrón guardó el cuchillo en el bolsillo y se sentó.

Comió llorando.

—Perdoname. No quería hacer esto. No soy así.

—Lo sé —dijo Aníbal, mientras le servía un vaso de agua—. A veces el hambre empuja más que la conciencia.

Después del almuerzo, el chico se levantó y pidió perdón otra vez.

Aníbal le dio una bolsa con pan, galletas y un par de criollitos.

—Andate a tu casa. Y si mañana querés laburar, venite a las cuatro. Te enseño a hacer pan.

El chico no lo podía creer. Pensó que era una trampa. Pero al día siguiente, a las cuatro, ahí estaba.

Se llamaba Ezequiel.

Y así empezó su historia nueva: con harina, madrugones y un panadero que supo ver más allá del cuchillo.

Años después, cuando le preguntaron a Aníbal por qué hizo eso, respondió:

—Porque alguien una vez hizo lo mismo por mí.

No todos los héroes llevan capa.

Algunos llevan delantal lleno de harina, y un corazón que no se deja endurecer por el miedo.