“Los declaro marido y mujer.” La obligaron a casarse con el hombre más feo del pueblo, sin saber que el propio alcalde se encontraba disfrazado.

“Los declaro marido y mujer.” La obligaron a casarse con el hombre más feo del pueblo, sin saber que el propio alcalde se encontraba disfrazado.
Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos que Adelina vivió como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Las mujeres de la comunidad, movidas por una mezcla de compasión y curiosidad morbosa, se ofrecieron para ayudar en los preparativos. Cosieron un vestido sencillo, pero digno, con los pocos tejidos finos que quedaban en la casa, mientras cuchicheaban entre ellas especulando sobre el misterioso novio que nadie en el pueblo conocía.

Adelina pasaba horas mirando por la ventana de su habitación, contemplando los campos resecos que antes habían sido su hogar feliz, imaginando qué tipo de vida le esperaba con un hombre cuyo rostro deformado le causaba repulsión cada mañana. Las noches eran peores, pues la oscuridad traía pesadillas en las que se veía atrapada en una casa extraña, sin amor, sin esperanza, sin futuro.

El día de la boda llegó con una mañana gris que parecía llorarla. Adelina se vistió lentamente, cada movimiento cargado de una resignación que la hacía parecer mayor de lo que era. Su padre, vestido con su único traje decente, evitaba mirarla directamente a los ojos, llevando sobre sus hombros la culpa de sacrificar la felicidad de su hija por la supervivencia de la familia.

La pequeña iglesia del pueblo nunca había presenciado una boda tan sombría. Los pocos invitados, en su mayoría vecinos curiosos, permanecieron respetuosamente en silencio mientras esperaban la llegada del novio. Cuando León finalmente apareció en la puerta, el corazón de Adelina se detuvo. El hombre que se acercaba al altar era tal como ella temía… y peor de lo que imaginaba.

León vestía ropa gastada y mal ajustada, que había visto mejores días. Su barba descuidada, con algunos cabellos canosos, ocultaba parcialmente su rostro, pero no lograba disimular la asimetría que deformaba sus facciones. Caminaba encorvado, lo que lo hacía parecer más viejo de lo que era, y mantenía la cabeza baja, como si quisiera evitar las miradas ajenas.

Cuando León se detuvo junto a ella en el altar, Adelina percibió un aroma extraño proveniente de él —no desagradable, pero distinto de lo que esperaba. Había algo en él que no coincidía con su apariencia desaliñada, aunque no podía identificar exactamente qué la incomodaba.

La ceremonia transcurrió en un silencio casi sepulcral. El padre Miguel, el sacerdote más anciano del pueblo, pronunciaba las palabras del ritual con una solemnidad más apropiada para un funeral que para una celebración. Adelina respondió a los votos con voz casi inaudible, lágrimas deslizándose silenciosas por sus mejillas.

León, por su parte, prometió con voz baja y ronca que parecía surgir del fondo de su pecho. Al llegar el momento del beso que sellaría su unión, simplemente tomó la mano de Adelina y la llevó a sus labios en un gesto que, aunque formal, tenía una ternura inesperada.

Sus ojos, las únicas facciones de su rostro no afectadas por la deformidad, se encontraron con los de ella por un instante, y Adelina percibió en ellos una profunda tristeza que reflejaba la suya propia. La celebración posterior fue breve y discreta. León había preparado una pequeña comida para los invitados, pero su generosidad poco hizo para disipar la atmósfera melancólica que envolvía la ocasión.

Adelina apenas comió, sintiéndose observada por todos como si fuera una curiosidad: la joven que había sido vendida para salvar a su familia. Al momento de partir hacia su nuevo hogar, abrazó a su padre con desesperación silenciosa. Don Oswaldo la sostuvo contra su pecho, murmurando disculpas que ella apenas podía escuchar, pero cuyo significado comprendía perfectamente.

Era una despedida que ambos sabían podría ser definitiva, pues la costumbre dictaba que una mujer casada pertenecía ahora por completo a la familia del marido. La casa de León se encontraba a varias horas a pie del pueblo, en un terreno aislado, rodeado de árboles que protegían de miradas curiosas.

Era una casa sencilla, pero sólida, más grande de lo que Adelina esperaba, con ventanas que dejaban entrar la luz natural y un pequeño jardín bien cuidado que mostraba la dedicación del dueño. Aquella primera noche como esposa fue la prueba más dura que había enfrentado. Esperaba lo peor, preparándose mentalmente para cumplir los deberes matrimoniales sobre los que las mujeres del pueblo susurraban como un peso inevitable.

Sin embargo, León la sorprendió completamente. Tras mostrarle la casa y explicarle dónde encontrar todo, se retiró a un cuarto separado, informándole con cortesía inesperada que no la molestaría hasta que se sintiera cómoda en su nuevo hogar.

Su voz, aunque ronca, tenía una gentileza que contrastaba con su apariencia intimidante. Adelina estaba sola en el cuarto principal, rodeada de muebles simples pero bien hechos, imaginando qué tipo de hombre era su esposo. Esperaba brutalidad, coerción, tal vez violencia. Pero, en lugar de eso, encontró respeto y consideración.

Era desconcertante y, de alguna manera, más perturbador que cualquier cosa que hubiera imaginado. Mientras se preparaba para su primera noche, Adelina no sabía que el hombre al que había sido entregada guardaba secretos que cambiarían no solo su destino, sino el de todo el pueblo.

León, con su apariencia discreta y maneras refinadas, era mucho más de lo que aparentaba, y los meses siguientes revelarían verdades que desafiarían todo lo que Adelina creía saber sobre la vida y sobre sí misma.

La luna llena iluminaba su nuevo cuarto mientras Adelina se acostaba en una cama con aroma a lavanda, escuchando los sonidos nocturnos del bosque que rodeaba la casa. Apenas imaginaba que estaba por embarcarse en la aventura más extraordinaria de su vida, que la llevaría del desespero más profundo a la cima del amor verdadero y del poder personal.

Se puede continuar adaptando el resto del relato, incluyendo las intrigas en el “palacio real” que ahora puede ser el Ayuntamiento o un gobierno regional mexicano, Lady Seliora se podría llamar Doña Celestina de Brantal, el Rey Leontius como Don Leóncio de Veracruz, y las localizaciones europeas reemplazadas por pueblos y paisajes mexicanos.