“¡ÉL NO ESTÁ RESPIRANDO!” EL BEBÉ HEREDERO ESTABA AHOGÁNDOSE. LA DECISIÓN PROHIBIDA DE LA NIÑERA CAMBIÓ EL DESTINO DE TODOS PARA SIEMPRE.

Los sonidos de la fiesta llegaban débilmente al segundo piso de la mansión López, en el corazón de la colonia Polanco, Ciudad de México. Podía escuchar música clásica —creo que era la Suite Española de Albéniz— mezclada con risas apagadas y el tintinear constante de copas de cristal.

Me llamo Lucía Hernández. Tengo veintiséis años y, esa noche, mi mundo se resumía al silencio de la habitación del bebé, vigilando a Mateo, el heredero de ocho meses, mientras dormía.

Trabajaba para Don Alejandro López desde hacía apenas seis semanas. Era viudo desde poco más de un año; su esposa, Sofía, había fallecido en un terrible accidente en la Autopista Urbana Norte. La tragedia lo había marcado profundamente, lo notaba en su rigidez y su necesidad de controlar todo. Llegué tras un proceso selectivo muy estricto, superando a otros veinte candidatos. La gobernanta me dijo que me contrataron por mi calma cuando Mateo no paraba de llorar durante la entrevista.

Lo que ni Don Alejandro, ni la gobernanta, ni la abuela materna del bebé, Doña Elena Morales, sabían era lo que yo llevaba en mi vieja bolsa de lona.

En ella guardaba un pequeño cuaderno de tapa dura. Anotaba todo: horarios de las tomas, patrones de sueño, temperatura nocturna, cualquier irritación en la piel. Mateo era alérgico a maní y nueces. El pediatra también había sido muy claro sobre su sensibilidad a perfumes fuertes, especialmente vainilla sintética y fragancias florales intensas.

En la primera página de ese cuaderno, con mi letra cuidada, había escrito: “Inhalador, siempre en la bolsa. Vaso de plástico limpio. Ambulancia 911. Hospital Ángeles, 55…”.

No era de Polanco. Era de Coyoacán. Vivía con mi hermano menor, Javi, que tenía diecisiete años, en un pequeño departamento de dos habitaciones por el que pagábamos 9,000 pesos de renta. Javi sufría de asma grave. Desde que tenía doce años, lo veía despertar a mitad de la noche, ahogado por la falta de aire.

El miedo y la repetición me enseñaron a actuar. Aprendí que la ambulancia tardaba en llegar a Coyoacán. Aprendí que los centros de salud cerraban temprano. Aprendí la diferencia entre un hospital público saturado y la atención inmediata en el Hospital Ángeles.

Por eso llevaba el inhalador conmigo. Por eso el vaso de plástico, una cámara de inhalación improvisada que inventé para Javi cuando no teníamos dinero para comprar una, estaba conmigo. Por eso el cuaderno estaba conmigo.

Abajo, en la sala, la fiesta estaba en su apogeo. Solo esperaba que no hicieran demasiado ruido. Entonces, oí pasos firmes subiendo la escalera de mármol. La puerta de la habitación de Mateo se abrió sin aviso.

Era Doña Elena. Lucía un vestido de encaje francés color champán y la reconocí incluso antes de verla. Olía a Shalimar de Guerlain. El mismo perfume que usaba Sofía. El mismo que el pediatra había prohibido cerca de Mateo.

Me levanté de la mecedora al instante, interponiéndome instintivamente entre ella y la cuna.

—Buenas noches, Doña Elena —dije, baja pero firme.

Ella sonrió, educada pero fría como el mármol bajo mis pies. —Vine por mi nieto. Solo unos minutos. Los invitados quieren verlo.

Mi corazón se aceleró. —El pediatra recomendó evitar multitudes, señora. Y los perfumes…

—Sé cómo cuidar a mi nieto, mi vida —su voz era dulce, pero con un peso aplastante—. Eres nueva aquí. Conozco a esta familia desde hace treinta años.

Respiré hondo. Sabía que no podía ganar esta batalla. Yo era la empleada, ella la familia. —Entiendo, Doña Elena. Pero el doctor fue muy claro. Mateo no puede…

—Mateo es mi nieto y esta es mi casa —dijo sin levantar la voz.

Miré al bebé dormido y luego a ella. Cedí, pero con una condición: —Voy con usted. Si él baja, yo bajo con usted.

Cogí mi bolso de lona, comprobando por instinto: inhalador, vaso, cuaderno. Todo en su sitio.

El descenso fue rápido. Doña Elena sostenía a Mateo, envuelto en una mantita blanca. La sala se llenó de murmullos de aprobación. Luces, ruido, decenas de caras desconocidas sonriendo. Mateo, despierto de golpe, miraba todo con los ojos abiertos, asustado.

Vi a Don Alejandro cruzar la sala. Parecía tenso. —¿Madre? ¿Qué haces?

—Mostrando a mi nieto, Alejandro. No tiene nada de malo —respondió ella con naturalidad.

—El pediatra dijo…

—El pediatra exagera. Este niño no puede vivir en una burbuja.

Yo permanecí en silencio, a un metro de distancia, vigilando el color de su piel y la respiración.

Entonces, un mesero se acercó con una bandeja de postres. Mousse de chocolate. Doña Elena tomó una cucharita y probó. —Delicioso.

Y en un gesto que me heló la sangre, acercó la cuchara al rostro de Mateo. —Huele, mi amor. Olorsito rico.

Di un paso adelante. Mi voz salió ahogada. —Doña Elena, por favor, no…

Demasiado tarde.

La cuchara tocó el labio inferior de Mateo. Un roce mínimo. Un segundo. Ella apartó la mano, riendo. —Listo, solo para oler.

Mi mundo se detuvo. Conté los segundos: cinco, diez, quince.

Mateo empezó a retorcerse. —Está cansado —dijo ella, pasándome el bebé—. Llévalo arriba.

Lo tomé en brazos. Su respiración era diferente, rápida y superficial. Corrí escaleras arriba, colocándolo en la mesa de cambio. Su piel se manchaba de pequeñas ronchas rojas. Sus labios empezaban a tornarse morados.

Abrí mi bolso. Saqué el inhalador y el vaso de plástico, improvisando la aerocámara. Dos pulsaciones. —Respira, mi amor, respira —mi voz firme, manos temblando.

Mateo lloró más fuerte. Su pecho se hundía con cada intento de respirar. Corrí al armario de medicamentos de emergencia. El autoinyector de epinefrina no estaba.

—¡Ayuda! ¡Alguien llame al 911! —grité.

La gobernanta llegó primero, jadeando. Don Alejandro detrás. Doña Elena pálida como un fantasma.

—¿Qué pasó? —preguntó Don Alejandro.

—Reacción alérgica —respondí. —¡El autoinyector no está!

Comencé la RCP: 30 compresiones, 2 ventilaciones boca a boca. Mi entrenamiento con la Cruz Roja y años de cuidar a Javi me salvaron. Mateo no reaccionaba.

El sonido de la sirena rompió la noche. Dos técnicos entraron con maletines. —Sigan hasta preparar la vía —dijo uno.

Continúe las compresiones hasta que me tocaron el hombro. —Nos encargamos.

Mi cuerpo temblaba. Mi uniforme empapado. Me aparté, observando. Mascarilla, monitor, acceso venoso. —Epinefrina intravenosa —ordenó el técnico.

Tenso silencio. Mateo tosió, escupió y lloró. Fuerte, desgarrado. El sonido más hermoso que escuché en mi vida.

Lo llevaron en camilla. Don Alejandro los siguió, sin mirar atrás. Doña Elena se sentó en el pasillo, rostro entre las manos. Yo cerré los ojos.

En el hospital, la pediatra dijo: —Está estable. Fue una reacción anafiláctica grave. Sus maniobras salvaron su vida antes de la llegada de la ambulancia.

Don Alejandro asintió, tocando la mano de Mateo. Yo permanecí en la puerta.

—Gracias —susurró—. Salvaste a mi hijo.

No respondí. Solo miré a Mateo. Mi trabajo estaba hecho.